(Diario de adolescencia) 7 de diciembre de 2016



6 a. m. Leo a Pla mientras desayuno. Escribe: «En el fons ho he sacrificat tot a escriure ―i probablement m’he equivocat. Però qui ho sap!» Si no lo sacrifico todo a la escritura y al amor, probablemente también me habré equivocado. Me parece que no hay forma de no equivocarse.
A las seis y media, recibo un mensaje de I deseándome los buenos días. Respondo y, a y cincuenta, me pongo a escribir. Empiezo releyendo las nueve páginas que ya llevo escritas de novela y no me animo a añadir nada más.
Clase de griego mucho más entretenida que el lunes. C G es un profesor más interesado en la filosofía del lenguaje que en la lingüística y esto se nota en qué escoge contar en sus clases. Campa una libertad absoluta de elección de temario; dice lo que le da la gana y raramente hablamos de lo que estrictamente concierne al estudio inicial del griego. Le han dado carta blanca y se dedica a crear discursos sobre sus inquietudes académicas. Hay un alumno ―que no parece de primer curso, puesto que lleva perilla robusta y ropa como de los ochenta― que le da juego: aporta información a lo que dice y formula preguntas.
En la vuelta a Mataró en autobús, hay retenciones. Esto me irrita. No me puedo concentrar en la lectura. I no me manda ningún mensaje desde las doce.
Pienso en lo que me dijo mi padre ayer: me encuentra más insolente que antes. Puede que, en ello, hayan influido unas palabras de Thomas de Quincey: «La insolencia no es, en todas partes, sino una falta de maneras. Aun eso provocaría, al menos, cierto disgusto, si no fuera porque, más que ninguna otra expresión del carácter, cura la última falta imperdonable, que es la insinceridad, la devoción fingida, la ruina del amor ardiente.»
Esta tarde, a las cinco, tengo clase de latín en la Facultat de Teologia de Catalunya. El sacerdote que me la da, A V, es, cuando se enfada, un cura verdaderamente insoportable; el resto del tiempo es insignificante.
Clase de latín hecha. El lugar ―la Facultat de Teologia― es hermoso aunque parece incompleto, deshabitado. Oscurece demasiado pronto. La clase de ruso debería haber empezado a las seis y media; son las seis y tres cuartos y el profesor aún no ha llegado. Estoy sentado al pupitre y no tengo nadie con quien hablar. La chica de mi lado dice que su padre es profesor de la Universitat de Girona ―atención, tendría que hablar con ella. Querría ver a I a la salida pero me ha enviado un mensaje diciendo que no podrá: mierda. Desde el mediodía, solo me ha dado esta respuesta.
Me apetecería ir al cine después de clase. Es miércoles ―día del espectador―, acaban de estrenar Paterson (dirigida por Jim Jarmusch) y salgo de clase a las ocho y media ―la misma hora a la que empieza la sesión.
No puedo dejar de pensar en la tarde de ayer.
Nada de cine, al final. El miércoles que viene, quizá. La clase de ruso me ha puesto los nervios en punta: no entiendo nada. El profesor, no obstante, es brillante; tiene tal delicadeza que, si un alumno se equivoca al responder, le felicita y, a la vez, le corrige, confundiendo al personal.
Ninguna noticia de I. Las redes sociales hacen más mal que bien. En el autobús, acabo de leer El amante de Duras.
I acaba de enviarme un mensaje pero ya me he llenado de infelicidad.
Veo una película con mi madre antes de acostarme: Dangerous Liaisons. Pero no la termino. La pereza me vence. Me resisto a mirar el móvil. Seguiré viendo la película mañana. Solo me la había puesto para llenar el vacío del tiempo. Ahora son las once y media y sería más razonable que me fuera a la cama que una hora antes.
En la peli, la protagonista dice: «Morir o vencer.» Ojalá pudiera convencerme lo suficiente de esa máxima como para que cada objetivo que me propusiera llegase a su realización de un modo rápido, limpio, profesional… Pero no, no soy una máquina y me corresponde dudar y desconcentrarme.

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