(Diario de adolescencia) 6 de septiembre de 2016



Las visitas al dentista siempre son un bonito ceremonial. Cruzarse de piernas en la sala de espera y mirar bobaliconamente hacia una pantalla de televisor en mute, estrechar la mano al dentista y responderle que todo muy bien, sentarse en el sillón rojo, recibir el foco de luz blanca en toda la cara... En fin, hay un ritual que se repite invariablemente, a pesar de que haga más de un año que no vaya a visitarle y que esperara encontrarle cambiado. No sé... Incluso esperaba que me dijese que me había echado de menos, puesto que, después de la regularidad mensual con la que fui a verle cuando llevaba la ortodoncia, creía que habíamos superado la cordialidad de los desconocidos y me había convertido en uno de sus clientes más queridos.
A las siete y media, cuando he entrado en su consulta, he recibido un flojo apretón de manos. Luego, me ha inspeccionado la boca con cuidado y mucho silencio. Mientras tanto, pensaba en el cansancio del trabajador, del profesional, del hombre que por las mañanas aúna las fuerzas suficientes para ofrecer un servicio o producto sin equivocarse ni bostezar. Ese estado aletargado en el que he encontrado a mi dentista debe de ser uno de los justificantes de su calidad: no es un artista solo quien crea una obra artística, sino quien ejerce su oficio con atención, vocación y fe en uno mismo.

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