(Diario de adolescencia) 6 de mayo de 2017



A las nueve menos diez, un señor de la limpieza pasea con una manguera por el centro de Plaça Universitat. Lo esquivo como soy capaz; con toda la —poca— audacia de que soy capaz. Parece que se lo pase bien persiguiendo a la gente con el chorretón de agua, pero solo hace su trabajo.
Entro en el Buenas Migas porque no me apetece en absoluto volver solo al café del sábado pasado. Aquí, me encontré a Kevin Que Bien hace unas tres o cuatro semanas. Me acerqué a él y le dije que, tiempo atrás, había visto sus primeros vídeos. Reaccionó un poco asustado, como si no supiera de qué le estaba hablando. Todos damos por supuesto que, en la vida real, los youtubers responderán a nuestros saludos con un «hola, cachos de mierda» o cualquier gesto divertido y cansino. No. En realidad, los youtubers son tan espantadizos como cualquier otro desconocido, como cualquier otra persona. Un café con leche; sin azúcar, por favor. Los postres del mostrador tienen un precio propio de las cosas ecológicas: espeluznante. Suena At last, de Etta James.
En la marquesina, los sábados, la cola siempre es más larga que de costumbre. El autobús es de color verde y blanco. Llega con la majestuosidad de los señores gordos y de las sopranos. Prefiero el verde de los árboles, que, ahora, en mayo, está en su punto más alucinógeno. Una mujer de la cola se descalza; su tacón marrón queda en el suelo mientras su pie se sacude como la cola de un pez. Son las seis de la tarde y, en la autopista hacia Barcelona, no he encontrado ni la puesta de sol; los días cortos se han acabado; el sol se mantiene alto durante más horas; parece que el estado de ánimo general vaya acorde a esta mejora.
La nuca es la parte más arbórea y una de las partes más excitantes del cuerpo humano. Intento ponerme en las últimas filas del autobús para ver cuantas más, mejor. Prefiero las nucas de los días laborales, cuando son los universitarios quienes van de vuelta a Barcelona, y no la gente mayor que quiere ocupar su fin de semana con algún plan en la gran ciudad.
En Carrer Consell de Cent, un conductor grita: «¡Al próximo que pase en rojo lo atropello!» Bien. A las siete de la tarde, el aire barre el polvo de los árboles y este cae sobre la gente que camina. Voy con los párpados tan bajos, con la cabeza tan gacha como puedo; parecería que estoy rezando. Más tarde, la cafetería con vistas de El Corte Inglés sigue derrochando luz.
En el concierto de Els Amics de les Arts, en Sala BARTS, el público está sentado en butacas, lo que significa que todos parecemos niños agitados en un comedor escolar y que no podemos darlo todo. Mejor: no me sé las canciones del nuevo álbum. Una chica de platea se levanta para bailar, pero creo que le piden que se siente porque tapa a los que tiene detrás. Algunas personas cantan con tanta pasión que es como si se hubieran unido a la banda; sus voces suenan a través de los micrófonos. El chico de la hilera de delante está realmente emocionado y me emociona a mí también; canturrea con una mano sobre un moflete, como si le avergonzara que este momento estuviera siendo tan especial para él. El efecto de los conciertos es bastante singular: algunos espectadores transmiten complicidad, como si los músicos estuvieran tocando en exclusiva para ellos. ¿Qué deben pensar Els Amics de les Arts de esa masa de gente que aplaude y mueve los hombros y la boca delante de ellos? Acaba sonando una canción muy pegadiza y todo el público se levanta porque el ser humano es más nómada e inquieto que sedentario.

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