(Diario de adolescencia) 6 de junio de 2017



Ya no me preocupo por escribir a diario más que en este cuaderno. ¿Y si muriera mañana? Pues acabaría reducido a la nada tanto si hubiera escrito con constancia como si no lo hubiera hecho. Hoy, solo salgo de casa para llevar la bicicleta estática a un chico que quizá pueda arreglarla. Estudio sin la concentración necesaria. Subo algunas fotos a las redes sociales que me parecen ligeramente ridículas ―o lo ridículo es mi pose en ellas. Me avergüenzo. Me acuesto pronto, a las once, porque mañana es día de examen y todavía queda mucho por hacer.
Mientras estudiaba, por la ventana, he visto a un chico y una chica de unos catorce años que arrancaban hierba de la mata de mi vecino. Jugaban con ella, la olían y reían. Quizá mi adolescencia aún no se ha acabado. Ya. O quizá nunca tuvo lugar. Me quedo con la duda mientras intento conciliar el sueño.

El problema de la moral es que debe ser enseñada y conservada: no se puede conservar lo que debería estar en cambio constante (cambios en relación con los movimientos de la vida) ni se puede enseñar algo cuya comprensión debe llegar desde la misma persona, y no desde el exterior.

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