(Diario de adolescencia) 6 de junio de 2015



Difícil. ¿El qué? Hacerme entender por mis lectores, por mis amigos e incluso por mi familia. Físicamente no estoy agotado, pero entrar en una disciplina de estudio y aislamiento como la que he llevado este último curso me vaciado por dentro. De la imaginación ya no puedo ni oír hablar; cada relato que escribo son cinco o diez páginas de verborrea sobre una idea pequeña, muy pequeña, que se ha iluminado en mi cabeza.
El año pasado, por estas fechas, andaba por la calle pensando a veces en filosofía y otras veces en mis proyectos. Las cosas han cambiado. Salgo a la calle muy consciente de mis limitaciones. Ni siquiera articulo una reflexión: cada frase que se me pasa por la cabeza la celebro como si llevara años sin hablarme a mí mismo y, en ese momento, interrumpo la continuación de la reflexión. La manera en que me imagino mi propia mente es como si fuera plástico: deben haber capas de palabras que se sobreponen las unas a las otras, mientras las que quedan debajo de todo o se olvidan o se trasladan a la memoria. Si así fuera, diría que el tablero en que se pegan mis capas ha caído al suelo. Acaso ese suelo sea mi cuello y por eso me cuesta más que antes comunicarme con los demás.
Tiene que ser una cosa temporal. Pronto llegarán mis vacaciones, que aprovecharé para escribir y hacer un curso de periodismo. Es eso lo que necesito. No dejar de trabajar, sino trabajar en algo distinto por un tiempo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario