(Diario de adolescencia) 6 de diciembre de 2016



Me despierto a las cinco. Hoy hace un mes que salgo con I. Retraso una hora el despertador. Vuelvo a despertarme a las seis. En mi sueño, aparecía él, pero ahora ya no recuerdo nada. Voy a desayunar un yogur, un bol de arroz inflado y un bol de avena fina. Me duele el estómago y son las 6.55 a. m. Debería encontrar la forma de reducir este momento del día. El del desayuno, digo.
También leo unas páginas de El viatge s’acaba, de Josep Pla; hay más de cuatrocientas páginas dedicadas a un diario que escribió a lo largo de un año; cada vez, le encuentro menos admirable como escritor, aunque siguen asombrándome sus proezas literarias. Flaubert es un autor descriptivo, como Pla, y, sin embargo, lo supera con creces a la hora de decidir sobre qué quiere escribir. Flaubert es lento, pero no hay detalles que sobren, en sus novelas y cuentos. Pla también es lento; además, tiene las cualidades de ser claro y preciso, pero, a veces, esa voluntad suya de engordar libros con páginas y páginas que no son estrictamente necesarias lo hace comparable a esos alumnos de colegio que, no habiendo estudiado para un examen, buscan palabras de más de tres sílabas para elaborar sus respuestas, con tal de que tengan una apariencia sólida.
A las 6. 59 a. m., me pongo a escribir. Intento liquidar ese dichoso relato en el que he hablado sobre mi relación con P.
Relato acabado. En un principio debía tener diez páginas y, al final, tiene ocho. No me siento como si hubiera renunciado a mi voluntad de describir mi realidad con detalle y atención, sino como si hubiera librado mi texto de un velo pesado y chirriante que recubre muchos otros textos míos.
Almuerzo con mis padres. Fideuá con gambas y un pollo al horno. Habiendo tomado el café, me dicen que no saben qué hacer para Navidad.
Sería complicado describir la tarde de hoy. Al llegar a Barcelona, he corrido a comprar regalos para I: Les belles imatges de Simone de Beauvoir, un piercing falso y una pluma estilográfica. Luego, he ido a su encuentro al Muccis. Estaba con unas amigas. No hemos podido entrar en el MACBA porque estaban rodando algo y habían precintado el lugar: horroroso. Hemos subido hasta la Diagonal y nos hemos acercado a los cines Boliche; había cola y era caro ―nueve euros. Tendré que ver La Mort de Louis XIV, dirigida por Albert Serra, otro día. Hemos vuelto a bajar el Eixample y, finalmente, nos hemos apalancado en el hotel Pódium y nos hemos bebido unas copas de vino. Nos hemos intercambiado los regalos. Me da Lorca-Dalí, de Antonina Rodrigo. Nos metemos en un vestuario del hotel con pestillo y, al salir, nos fumamos unos cigarrillos de liar. Suyos.

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