(Diario de adolescencia) 5 de septiembre de 2016



Algunos momentos de este verano se me están haciendo especialmente dolorosos. Hace dos minutos, por ejemplo, estando en mi habitación con la ventana abierta, oía unas voces provenientes de la calle. Voces jóvenes, firmes, agudas, masculinas. Han hecho que, inmediatamente, me entraran ganas de sacar la cabeza por la ventana y ver las caras de aquellos a quienes pertenecían; he querido acercarme a ellos, abrazarlos, en fin, formar partes de sus vidas.
Es curioso que, pese a ser una persona solitaria en extremo, haya conservado algunos amigos y familiares de una forma inmutable. Han pasado los años y, contra toda expectativa que pudiera tener, han seguido estando a mi lado, mientras que he confirmado, gracias a otras personas, que mi personalidad (o quizá mi físico, aún no sé exactamente el qué) causa cierto rechazo; que, a la vez que hay personas que por su forma de ser tienen un gran magnetismo, también hay personas que estamos destinadas a aburrir, apartar de nosotras y buscar los placeres de la vida en un lugar apartado de la comunidad.
No ha sido la primera vez que sentía este apego hacia las personas que pasaban por debajo de mi ventana. También me ha ocurrido, en otras ocasiones, al cruzarme la mirada con alguien, fijar mi atención en una cara o interesarme por algún desconocido que creía que estaba cerca de mí.

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