(Diario de adolescencia) 5 de mayo de 2017



Camino al lado de una reja que circunda el Parc Vell, en Mataró. A través de los barrotes, veo eucaliptos y los bustos de señores con que jugaba cuando era un niño. Son casi las diez de la mañana y ya no se oyen voces; solo se oye el deslizarse de los coches y los pasos de gente callada. Hoy cumplo diecinueve años y no me acordé de ello hasta ayer. Habría estado bien que siguiera sin recordarlo hasta mañana o el domingo, pero alguien me ha felicitado y me he dicho: «Ya no puedo escaparme de esta. Es un hecho. Llego a los diecinueve.»
Por la tarde, paseo por Mataró. En el umbral de una casa, encuentro a uno de mis vecinos. Cuando nací, ya era viejo. Me han comentado que, unas semanas atrás, se cayó. Lo saludo y se gira, ignorándome o no habiéndome visto. Hay personas a quienes ya se conoce siendo ancianas y a las que se ve avanzar hacia cierta decrepitud; esta decrepitud es susceptible de pasar o no pasar en la vida de cualquier ser humano; sea como sea, nadie deja de ser respetable con el tiempo; mi vecino conserva el porte honorable con que lo conocí.
Ayer decía que quiero acabar con el yo constante en este diario ―en este diario y en cualquier texto que escriba, de hecho. No debería ser tan difícil. En su Diario, André Gide anota un consejo que le dio Proust: «Puede usted contarlo todo; pero a condición de no decir nunca: Yo». Gide asegura que es un consejo inútil. La primera vez que leí el Diario, lo creí así. Ahora, me parece que lo que Gide ―tan centrado en su propia introspección literaria― no comprendió de lo que le decía Proust era que se podía describir todo lo que a uno le rodeaba desde la condición del cronista humilde, del escritor que es emisor de mensajes (es decir, la causa de sus mensajes literarios) sin ser la finalidad de dichos mensajes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario