(Diario de adolescencia) 5 de junio de 2015



Tengo que encontrar la forma de implicarme en la mercería, el negocio familiar. Quizás no ha habido otro año en que mi distanciamiento de mis padres fuera mayor, incluso ese que pasé sintiéndome incomunicado porque nadie en mi familia entendía que me gustara maquillarme fue más cálido.
He intentado meterme en lo que tiene de manual una tienda que vende hilos y detalles por el estilo; de pequeño ya ayudaba ordenando bolas de Swarovski en diferentes bolsas o separando cordones por colores... Ese tipo de tareas propias del chico de las propinas. Disfrutaba con ello. Me encerraba en el segundo piso de la mercería y trabajaba en algo tan mecánico con entusiasmo. A veces encendía la radio, pero me desconcentraba fácilmente. No temía aburrirme: el trabajo por hacer nunca se acababa y eso me alegraba. Todo era fácil de hacer y mecánico. No hay duda de que, si no me hubiera propuesto ser escritor, habría tirado o bien hacia la vida de cura o hacia la de funcionario. Adoraría el papeleo y su simplicidad si la literatura, anárquica o razonable, no me hubiera conquistado ya.
He pensado en escribir una ficción sobre la fundación de la mercería. La historia real fue como tantas otras: mis padres se conocieron cuando estudiaban un grado medio en Administración y, al terminar, reunieron fondos para montar su pequeño negocio.
Si sacara hacia adelante la idea de la ficción, trataría de un señor de Madrid que llega a Mataró creyendo que todavía es una capital del textil y, tras una gran decepción, decide montar allí mismo una mercería.
No estaría mal. Si el relato fuera bueno, podría colgarlo en Internet y de las visitas se sacaría una generosa publicidad para la mercería. Es lo menos que puedo hacer después de todo lo que mis padres me han dado.

No hay comentarios:

Publicar un comentario