(Diario de adolescencia) 5 de diciembre de 2016



La clase de griego avanza en silencio y con lentitud. Se habla de cuestiones prácticas: los días que quedan para el examen, lo que tenemos que estudiar… El profesor considera que, con nuestro grupo, no se pueden hacer actividades de repaso que sean disciplinadas. Nos encuentra dispersos. Me daría igual perder el tiempo así si no tuviera pensamientos como: «Podría estar haciendo algo mucho mejor.» La tristeza nace del deseo de lo que no se puede tener o no se tiene en el momento. La felicidad es la ausencia de deseos, quizá.
Todo lo que quiero hacer en la vida ―es decir, escribir― exige soledad. Sin embargo, me tienta tanto la idea de acercarme a los demás… Eso me pasa por tener amigos que tienen de interesantes lo que siempre me faltará a mí.
11 p. m. No he escrito en todo el día. La clase de griego con C G ha seguido tal como ya la había empezado a pintar: adoro estar estudiando una lengua clásica a parte del latín por las mismas razones porque a todo el mundo le gusta estudiarla.
Luego, café en Muccis (Carrer del Bonsuccés) con una chica de la universidad, Noèlia. Aún no la puedo considerar una amiga. Me ha invitado a tabaco, hemos hablado sobre su vida (su gran preocupación siempre ha sido el tiempo: cómo hacer todo lo que quiere hacer; mi gran preocupación siempre ha sido ética: cómo debo vivir; la suya demuestra una personalidad más decidida y segura) y me ha comentado, de pasada, que tiene veintitrés años; gran sorpresa.
Por la tarde, voy a clase de ruso y me cuesta estar atento. El profesor reacciona con perplejidad a mis preguntas; eso me permite ver que soy un mal alumno, puesto que un alumno más eficiente haría preguntas al profesor que él ya hubiera previsto que surgirían. Eso, al menos, es lo que se me ocurre desde el confort de tirarse piedras sobre el tejado propio.
Después, tomo una cerveza con F en El Camello. Pensaba que estaría enfadado conmigo. No lo está. I tiene la teoría de que está enamorado de mí y no puedo creérmela; hace tres o cuatro años que lo conozco y nuestro vínculo siempre ha sido más bien fraternal. F insiste en que ve que I tiene una actitud demasiado zalamera y juguetona y duda de que pueda depositar mi confianza en él. Ayer, también fue a Sala Apolo, como Aleix y yo, pero, cuando llegó, nosotros ya nos habíamos ido. Dice que quiere conocer a mi amigo Aleix; este siente un fatídico desinterés por F.
A las ocho y media, me encuentro con I enfrente del Bar Estudiantil y caminamos juntos hasta Tetuan, donde lo despido con un beso («No seas tan descarado, que nos pegarán») y tomo el autobús de vuelta a Mataró.
Día sin escribir una sola página, sí. La novela La fuerza de lo que no será no avanza; no la hago avanzar. Ni siquiera sé cómo terminar el relato breve Debajo del mismo techo.

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