(Diario de adolescencia) 4 de septiembre de 2015



Dar menos intensidad a lo que sienten los personajes, hacerlos más contenidos; al mismo tiempo, volverlos más contradictorios, de opinión y emoción cambiante. Son proyectos a largo plazo. Esa clase de transformaciones no los hará más creíbles, pero sí más reales. Puede que sea una de las formas más concretas para ir hacia la verdad en la literatura; los personajes de una sola cara, los planos, cono ocurre en la vida misma, caerían.
Pienso en esto mientras subo al autobús. J, un mataronés que ha escrito algún que otro libro y viste como un señorito novecentista, ha subido antes que yo. Me crea una gran impresión, una impresión positiva. Estoy convencido de que debe de ser un buen conversador. Ahora, antes de enfrentarme al pasillo de asientos, me pregunto: ¿debería sentarme delante o detrás de él? Siempre que me encuentro en este autobús con alguien interesante se me ocurre: si me pongo detrás de él podré entretenerme mirándole. Observar a las personas que me llaman la atención es una de mis aficiones. Si esas personas, más allá de por sus apariencias, me sorprenden por algo que me han contado de ellas, el interés es mayor. Por otro lado, si me pongo delante de él puede que se detenga a mirarme unos segundos. Esa idea también es buena. Pienso mucho en cómo ponerme a mí mismo a la vista de las personas que me convienen. Quizá suene calculador, pero es un hecho que solo haciendo contactos y dejándome ver conseguiré sacar a flote algunos proyectos. Es algo que no me debería sorprender; las cosas ya eran así antes de Internet, por lo que me han contado.

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