(Diario de adolescencia) 4 de mayo de 2017



Voy a dar una presentación sobre el canon literario a mi antiguo colegio. Rehago el trayecto que hice cada mañana mientras estaba en segundo de bachillerato: salgo del autobús en Plaça Tetuan, cruzo unos cuantos semáforos en Carrer Casp y, antes de llegar a la entrada de la escuela jesuita, me detengo en Venecia —esa cafetería hortera, exquisitamente tranquila, en la que estudié para algunos exámenes.
A las once, entro en el colegio. Pienso que, cuando suene el timbre, tendré que volver a clase. La preocupación de la selectividad vuelve a caer sobre mí; vuelvo a angustiarme por mis resultados académicos. Un segundo más tarde, me doy cuenta de que no, no estoy en el bachillerato, en mi bachillerato. Solo estoy aquí para hacer una presentación, pero era inevitable sentir ese regreso al colegio con el aire que se respira en él, los maestros ajetreados, la calidez desagradable de las aulas...
Saludo a los profesores, miro hacia todos lados por los pasillos. Con la ilusión de encontrarme aquí de nuevo, me digo que habría preferido no estudiar solamente segundo de bachillerato en esta escuela. Sin embargo, quizá lo que hizo que mi experiencia aquí fuese tan idílica era la frustración con la que había salido de mi primer colegio, uno marista.
En la universidad, anochece tarde. Cuando salgo de clase, el cielo aún es de un azul como de cartulina y el callo de uno de mis pulgares está rojo y late porque acabo de hacer un examen y cogía el boli con la pasión de un niño abstraído.
El viaje a Berlín ha cambiado algo. Ya no soporto las cosas que me pasan y las personas que me pasan con la misma serenidad que antes. Me cuesta hacerlo. No me siento dispuesto a callar, a veces. He perdido un poco de dominio sobre mí mismo. ¿Y qué? Ignoro qué me ha llevado a este cambio.
En este diario, no debería haber ni una frase que empezase con «Yo...» Todos los sujetos deberían ser cualquier cosa menos yo. En clase, Lola Badia ha leído un poema de Josep Carner, «Plou», y ha remarcado que el yo lírico se escondiera. ¿Cómo conseguir algo por el estilo? ¿Cómo escribir un diario que sea descriptivo y egocéntrico sin ser ególatra? A veces pienso que cualquier otro trabajo sería más impersonal que la literatura.

No hay comentarios:

Publicar un comentario