(Diario de adolescencia) 4 de junio de 2015



Este mediodía me he dado cuenta de que mi padre no es de pensamiento tan rígido y único como creía. Una noticia que ha salido por la televisión sobre un chico que, al no estar vacunado, ha contraído una enfermedad grave, le ha llevado a hablarme sobre el mundo farmacéutico. De este solo sabía lo que en el colegio me habían contado; no hay duda de que la incorrección con la que me ha hablado sobre los intereses de ese mercado me ha iluminado más de lo que habrían hecho cinco clases de bachillerato.
Aquello que me ha sorprendido ha sido su virtud por contradecir cada uno de sus argumentos con el siguiente, como si quisiera demostrarme que no hay una sola posición válida para temas tan confusos. Me ha demostrado que sabe ver el mismo problema desde diferentes perspectivas y moverse por el campo de las justificaciones como el más astuto de los conversadores.
Con todo ello, he acabado por pensar que, si antes había creído que era un hombre ciego, el que realmente estaba ciego era yo. El debate sobre la independencia de Catalunya y lo tajante que es al posicionarse me hacía creer que era incapaz de abrir los ojos a la realidad.
Ahora me parece que, aunque se comporta como un ignorante al negarse a comprender las ideas de los contrarios a las suyas en el problema de la independencia, hay mucho que debo aprender de él sobre otros temas. Los hombres ciegos, en definitiva, nunca lo son del todo. Y yo también estoy en ese grupo de medio ciegos.

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