(Diario de adolescencia) 4 de julio de 2015



Hará un año y medio de que me compré un bonsái. Laura, mi amiga, se compró otro. Al mío lo llamamos Alexandre y, al suyo, Peret. Una de las últimas veces que nos vimos me comentó que el suyo se había muerto y lo había tirado a la basura. Hoy me he dado cuenta de que el mío también se está muriendo. Cada fin de semana lo riego, lo baño con una regadora hasta que queda vacía. Parecía sano hasta que he pasado la mano por encima de sus hojas y todas ellas han empezado a caer, secas, sobre la tierra de la maceta. Solo han quedado cuatro. El tronco parece afectado por una especie de mordedura. Si lo cojo por el tronco mismo y trato de tirarlo hacia arriba, las raíces se despegan. Me asusto. Vuelvo a dejarlo como estaba. Será mejor que acabe de morirse. No sé si tendría solución o no, pero, al no ser la primera vez que me ocurre, tampoco siento la necesidad de convertirme en su salvador. Ya dejé morir un bonsái cuando tenía diez u once años. Creo recordar que ese duró menos.
Prefiero comprar cosas sin vida, desde luego. Las plantas, los animales, todo lo que es caducifolio, me sume en la obsesión de siempre sobre el tiempo. Que si pasa tan rápido que no me puedo creer que ya tenga diecisiete años, que si no estoy yendo por el camino correcto y es por ese motivo que me siento tan frustrado algunos días... Por más deprimente que sea lo que piense, sigo haciendo cosas. No merece la pena parar y descansar. ¿Cuándo volveré a tener la oportunidad de leer, escribir y conocer, una vez esté muerto?
Siento que estoy desaprovechando demasiado a las personas que están a mi alrededor. Hasta hace un tiempo no aprendí a disfrutar de mis familiares, de mi conversación con ellos. Ahora, hay días en que los miro incluso con admiración, con la misma admiración que antes dirigía a escritores, artistas e ídolos. Pero ellos también son caducifolios. Son más caducifolios que la mayoría de objetos que puedo comprar. Y con ellos pasará lo mismo que con los bonsáis: los seguiré regando, pero habrá un día que las hojas les empezarán a caer y no podré hacer nada para evitarlo, porque no sabré qué hacer para evitarlo. «Estudia Medicina, así podrás curarme cuando esté enferma.», me decía mi abuela. Sí, bromeaba, pero en ello hay más verdad que en la mayoría de sugerencias que me han hecho de cara a estudios futuros. Sería la única manera de combatir la enfermedad, de sentirme menos culpable cuando alguien de mi entorno desaparezca.
Nunca he sentido la muerte de cerca. Tengo diecisiete años y el fallecimiento más próximo del que he oído hablar era de una prima de mi abuela que no conocía personalmente. Tampoco me ha picado nunca ninguna abeja y creo que es por ese motivo que me asustan más de lo que asustarían a alguien que ya le hubiera picado una. Me produce miedo el día en que vaya a encontrarme con la muerte. No tengo ni idea de cómo puede ser: ¿la viviré con tanto horror como la espero?

Calor del infierno. Es imposible hacer nada. Si ya se hace difícil soportarlo en la cama, estar de pie se vuelve peor. Esta mañana he comido tres albaricoques. Los he digerido con tan poca gracia que al mediodía ya estaba retorciéndome en la cama. Me siento incapaz de corregir Belleza tangerina. La cosa es que, hasta que el texto no esté listo, no podré empezar con la escritura de otros. Tampoco sé dónde me lleva dedicar tiempo a una obra en que no confío lo más mínimo.
Escribir con esta temperatura también es duro, pero menos que la lectura u otras actividades más pasivas. Estoy escribiendo este diario y sobrevivo, ¿no es así? Eso no significa que espere el invierno con menos ganas que antes. Fue entonces cuando nació Belleza tangerina, en un impulso de dos semanas. No queda duda de que es entonces, en invierno y tal vez en otoño, cuando se escriben las cosas con que me siento más satisfecho. A la vez, coincide con los momentos en que me veo más inundado de exámenes y trabajos escolares. Esperemos que, dentro un año, con la universidad, mi manera de trabajar cambie.

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