(Diario de adolescencia) 31 de mayo de 2017



Ayer por la tarde, tuve la última clase del semestre. Luego, fui con Abril y Anna a Ca La Mercè; pidieron un descafeinado y una Heineken; nos largamos de allí cuando unos chicos empezaron a gritar. Fuimos a otra terraza, una de las de delante del MACBA. Estuvimos desde las cuatro y media hasta las siete y cuarto en plan bastante tranquilo. Hablamos de la muerte, de la oportunidad de decir adiós, del verano que está por llegar, de las relaciones entre hermanos, de la noche del próximo domingo. Luego, fuimos a la presentación del cuarto volumen de la Historia de la literatura catalana. El aula de la uni en que se hice, Aula Joan Maragall, tenía unas ventanas con arco a través de las que se atisbaba un paraíso o un jardín o algo; hacía un frío polar, así que quienes llevaban chaqueta se la pusieron y quienes solo venían con la camiseta que llevaban puesta se pusieron las palmas de las manos sobre los brazos como si eso sirviera de algo.
Algunos días, me miro en el espejo del baño y me veo con sesenta o setenta años. Dejo de reconocerme como alguien joven. Mi constitución ósea, los rasgos más característicos de mi cara… Esas son cosas que aíslo de mi piel, aún tersa y con bastante color. Sin encender la luz, por la mañana, algunas sombras caen sobre mí de tal manera que noto el avance del tiempo, lo que está por venir, los achaques y las satisfacciones pendientes.
Por la mañana, empiezo un trabajo sobre Maria Cabrera y Sebastià Portell. Escribir me cuesta más que nunca. Intento expresarme con la mayor sencillez posible, pero las frases se me subordinan y coordinan solas, como si fuesen animales todavía no domesticados. ¿Y esos días en que escribía cinco páginas en un abrir y cerrar de ojos? ¿Dónde quedan? Me gusta haber dejado de dar importancia a la cantidad antes que a la calidad literaria, pero creo que, por el camino, he olvidado un poco de la disciplina que antes me infligía a mí mismo.
La caldera se ha estropeado y no puedo ducharme. Salgo de casa a las dos y media y voy a coger el autobús. Mis padres me han pedido que recoja un pedido de uno de sus proveedores en Barcelona. La tienda a la que tengo que ir está en el Call y lo agradezco porque esa zona es asombrosamente misteriosa cuando no estamos en agosto y aparece abarrotada de turistas. Podría pasarme la vida entera haciendo este tipo de recados para mis padres. Caminar por la calle teniendo un destino vago, un destino al que puedo llegar con toda la paciencia del mundo, es algo dulce y sugestivo, que permite que piense en mí mismo y en los pequeños acontecimientos con que me voy encontrando.

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