(Diario de adolescencia) 31 de julio de 2017



Me despierto tarde, a las nueve y media, porque el despertador no me suena. Igualmente lo tenía puesto para las ocho. Quería dormir más de lo habitual y soñar largo y tendido, pero no recuerdo nada. Como uvas, tomo un café. Hasta que salga hacia Bretaña el día doce, tengo dos semanas de no hacer nada. O de escribir, pero, para eso, me faltaría una disciplina férrea que no sé si sigo sabiendo cómo mantener.
¿Escribir cada día un poco de novela me serviría de algo? Una novela está hecha de palabras que crean una conexión estética entre el lector y el autor que no se encontraría, por ejemplo, en un texto jurídico. ¿Cómo alcanzar esa conexión? No hay método. Hay días en que me pregunto si habré acertado el medio de expresión: ¿tenía que escribir? Ya hace nueve años, más o menos, que escribo con consciencia estilística y es inevitable que me haga estas preguntas. Caigo en el error de hacer poco y hablar mucho. Una novela está esperando a que le dé forma y debería responderle. Quiero volver a mi cuarto y ponerme a escribir, pero la asistenta lo está limpiando.
Escribo durante una hora y pico. Llego a la quinta página. Empecé la novela el veintisiete y solo llevo esto. El primer día, escribí una frase. El segundo, estiré lo que la frase daba de sí. Quisiera describir un amor y un odio que siento dentro de mí, pero me faltan hilos narrativos de los que tirar. Nunca había sentido un amor y un odio de manera tan intensa, con una mezcla entre lo uno y lo otro que me deja confundido.
Trabajar de sol a sol. Eso sería un sueño. Sin embargo, ¿es posible escribir durante tres, cuatro horas seguidas sin sentir vértigo? Desde el segundo en que me digo a mí mismo: «Llevo bastante rato escribiendo.», me desconcentro. Ya no puedo volver al punto en que me encontraba, a esa unión con lo que pasa en el texto. Nada es tan difícil: en realidad, estos últimos días, me pongo demasiado dramático. Quejarse es fácil. Desistir, aún más.
Mientras escribo, me pongo a pensar que me gustaría estar leyendo. Cuando estoy leyendo, pienso que debería escribir un poco. Sí, tengo que focalizarme, pero, al mismo tiempo, si me focalizo demasiado, acabo sin saber qué contar. Algunas veces, he sabido concentrarme con seriedad: lo que he creado ha nacido muerto. Escribir una novela no es como escribir cualquier otro texto y eso no me ha quedado claro hasta ahora. Se requiere una cierta dispersión, caminar a oscuras. ¿Y por qué quiero escribir novelas? ¿Por qué me he aferrado a esta forma cuando hay tantas otras que me exigirían un menor equilibrio de mí mismo?
Por la tarde, en el gimnasio, le pido a una entrenadora que me explique cómo funcionan las máquinas para trabajar el torso. Lo que no le digo es que llevo dos meses yendo al gimnasio sin atreverme a subirme a nada más que la elíptica. Me muestra unas máquinas que parecen de tortura. Me describe su funcionamiento pero, a los dos minutos, se me ha olvidado. Cuando termina, me dice que me hará una planificación diaria y me asusto mucho, pero no le digo nada. Cuando se va, vuelvo a mi máquina elíptica y paso dos horas en ella, aterrorizado por lo que he visto en el resto de gimnasio. Siempre me pongo en una esquinita, cerca de la ventana que da a la calle. A veces se me ocurre que, para los desconocidos, debo ser alguien súper siniestro.
Vuelvo a casa y me pongo a leer, después de haber estado un rato en el patio mirando las flores de papá: el geranio, el jazmín, el don juan de noche. La abuela sale por un balcón y me recuerda que, hace unos años, unos ladrones aprovecharon nuestro patio para colarse en casa de los vecinos.

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