(Diario de adolescencia) 31 de diciembre de 2016



Despierto y espero que este último día del año quede en mi memoria por lo que tendrá de optimismo y serenidad (descarto, ya, la palabra esperanza, un engaño para bobos), y no por el fatalismo y pesimismo que, de vez en cuando, viene a aumentar mi tristeza desde que volví al amor, a la amistad ―un poco a la vida, aunque me niego a decir que la vida consiste exclusivamente en esas dos cosas.
Sigo sin escribir ni una línea. Paso apuntes a limpio.
Tardo toda la mañana en tener los apuntes preparados. Podría no haberme distraído en ningún momento y haber acabado antes, pero no soy una máquina y tiendo a embobarme con cualquier cosa que hay a mi alrededor.
Estoy harto de esta incapacidad autoimpuesta que últimamente me ha impedido ponerme a escribir. Basta ya. Esta misma tarde reemprenderé la novela. No hay un estado anímico ideal para escribir. Siempre se vive distraído, pensando en otros asuntos: la cuestión es forzarme a sentarme delante del ordenador y empezar a teclear. Es una medida práctica, irracional, brusca; es como se escribe.
En dos mil quince, calculaba que, si podía mantener el ritmo de escribir cinco páginas por día, podría morir habiendo creado una obra ingente. En dos mil dieciséis, me he dado cuenta de que ese proyecto, además de absurdo, es insostenible, aunque vale la pena probarlo, puesto que el trabajo del escritor, como cualquier otro trabajo profesional, se compone, en gran medida, de una predisposición física a crear y de cierta fe ciega en el resultado que está por llegar.

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