(Diario de adolescencia) 31 de agosto de 2015



Leyendo un artículo sobre el género de la biografía me pregunto qué será lo que me gusta tanto de este. No coincido con casi nada de lo que dice la autora: ni lo uso para complementar mis lecturas, ni me da una mayor seguridad que la fragilidad de la cuestión... Creo que lo que más me atrae de la biografía es que, dependiendo de cómo se tome, no deja de ser un manual sobre una manera de vivir. Parece un tratado de filosofía que intenta explicarme cuál es la forma correcta en que se tiene que vivir la vida. Y eso lo encuentro muy tranquilizador; aunque no necesariamente cuente la vida de alguien admirable, como lector me fuerzo a admirar y obsesionarme con la persona a la que se retrata. Dalí, Gabo, Mario Vaquerizo... todos los protagonistas de las biografías que he leído son personas de las que me gustaría saber más. Son gente que, pese a equivocarse y acertar como cualquier otro humano, han dejado una marca sobre el mundo en el que han vivido; creadores, en definitiva.
La biografía sobre Dalí que escribió Ian Gibson fue una de las que me revolvieron más por dentro. Quizás he quedado más afectado por esa biografía que por todos los libros de poesía que llevo leídos. Nos tendríamos que situar en noviembre de hace dos años, cuando me había obsesionado con el pintor de Figueres y quería averiguar todo lo que pudiera sobre él. Empecé a imitar los comportamientos que, según Gibson, tenía. Tal vez eso me hizo mejor persona, porque, a pesar de que al principio eran muy exagerados, con el tiempo fui adaptando esas «interpretaciones» a mi modo de ser.

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