(Diario de adolescencia) 30 de junio de 2015



Escribo desde el autobús. Estoy a cinco minutos de la parada de Plaça Tetuán, pero hay demasiado tráfico. Seguiría con el texto que empecé a escribir, pero, puesto que es una tontería y no una reflexión argumentada, no temo dejarlo colgado.
Adoro ir en transporte público, sobre todo en autobús. Desde su altura puedo ver a los conductores que hay al alrededor como un Dios que dirige los ojos al cogote de sus hijos.
Nos topamos con un semáforo en rojo y todos los coches que se encuentran en la entrada a la ciudad esperan. El coche que ha parado justo al lado de mi asiento no tiene nada fuera de lo normal. Lo miro e imagino cómo debe ser su color sin el tinte del cristal. Esa es la única pega de los autobuses y metros: ¿por qué poner vidrio casi negro? ¿Qué les da a entender que los que viajan en transporte público prefieren esconderse de la vista de las personas con las que comparten carretera?
Trato de olvidar las preguntas. Me fijo en el conductor de ese coche tan cercano. Lleva unas de esas gafas cuyos cristales pueden desplegarse hacia arriba. Sobre su nariz, entonces, hay las monturas de las gafas y, sobre las monturas, los cristales. Parece que una enorme mariposa negra se haya posado sobre su cara y le dificulte la visión de la vía. Cuando la marcha de los coches se retoma, lo pierdo de vista. En muy poco, llegamos a Tetuán. No me da tiempo de acabar de escribir este pasaje en el móvil, así que lo termino a las once y media de la noche, el mismo día aún.

Por la tarde he ido a la 080 Barcelona Fashion. Había conseguido invitaciones para los desfiles de Josep Abril y Sita Murt; unas compañeras de mi antiguo colegio, Sharon y Helena, han venido conmigo.
Solo hay tres días al año en que me fijo en cómo viste la gente: en Carnaval, en el día que dedico a pasearme por la semana de la moda de Barcelona en la edición que hacen al febrero y en la edición de junio. Algunos visten con verdadera pasión, me doy cuenta de ello. Me impresiona que algunas personas lleguen a dedicar tantísimo tiempo a algo que pasa tan desapercibido como el vestir. Y todavía sigo sorprendiéndome por la extravagancia con la que algunos lo hacen: se arriesgan como lo haría un artista; se la juegan en un mundo decidido a uniformizarlo todo. Es admirable, pero no creo que haya mucho más que decir sobre ello. Es decir, que es un asunto aparentemente bonito pero de poca poética. Poco contenido. Poca carne. La moda no se basa en nada teórico y eso le impide convertirse en una arte. La moda, además, no tiene un lado alternativo; incluso las firmas que podríamos definir como underground se unen al sistema cuando tienen la oportunidad de ello; sin algo que se oponga al arte mismo, no puede haber arte. O tal vez me equivoque.

No hay comentarios:

Publicar un comentario