(Diario de adolescencia) 30 de julio de 2017



Me costó Dios y ayuda dormirme. Solo pensaba en esa quinta taza de café y en mis amigos diciendo: «Después de la taja que nos pegamos ayer, queremos volver pronto a casa.» Tengo facilidad por perder la coordinación con los demás: río cuando nadie ríe y me deprimo cuando todo el mundo se emborracha. No sé si no he encontrado las personas adecuadas o si es que no estoy hecho a medida de nadie. Tiendo a pensar que el problema está dentro de mí.
Me he despertado a las diez y he escrito. He desayunado poco. Son las doce y media y me hago el segundo café del día. Espío a la gente en Instagram, aunque me parece ver, más allá de las fotos, lo mucho que nos aburrimos todos. Leeré durante el resto del día. Leer no es lo mismo que ver una película o contemplar un cuadro: leyendo, pierdo mi voz; leyendo, olvido mi consciencia y paso a ser la consciencia de quien escribe. Siempre se me ha hecho bola olvidarme de mí mismo. Podría pasarme días acompañado por un libro.

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