(Diario de adolescencia) 30 de agosto de 2016



La manera en que se vive la vida se ve fuertemente influida por el hecho de estar enamorado o no. Si no existe ningún enamoramiento, todos los días son susceptibles de ser entendidos como el mejor día sin razón alguna; la felicidad no es consecuencia de la alegría que conllevan las buenas noticias, sino de la falta de noticias, de la desconexión, del recogimiento, del lazo íntimo con muy pocas personas, del lazo aún más profundo con uno mismo. En cambio, en el caso de existir enamoramiento, un día de recogimiento e intimidad puede ser funesto, puesto que nos lleva a pensar en cómo lo debe de estar viviendo la persona amada y, de allí, vamos a parar a una comparación de vidas que, a nuestros ojos, nos vuelve la propia más insignificante, menos aprovechada… En fin, ¿qué vida puede ser llamada «insignificante» y qué vida «desaprovechada»? Esa es la pregunta que me hago ahora, libre de todo deseo de comparación. Solo hay vidas, sin más; no hay adjetivos que se ajusten a ellas ni que las puedan captar en más de uno de sus millones de instantes.

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