(Diario de adolescencia) 30 de agosto de 2015



Aún no he terminado de escribir Rumanía en agosto y ya veo el fracaso de relato en que se ha convertido. Mi plan era hacer un relato de viajes: reseguir las carreteras y ciudades de Rumanía tal y como lo he hecho a principios de este mes. Sin embargo, ya he llegado a la página treinta y pico (más de la mitad del relato, para que te hagas a la idea) y lo único que he contado son cuatro detalles sobre Bucarest. De hecho, los protagonistas, madre e hijo, los mismos que en Los paseos por la frontera, aún no han salido de la capital. Es una pena que tenga que dar esta historia por perdida; está tan avanzada que ya no puedo ni deshilvanar algunos de los enredos que he ido atando para salvarla. La acabaré a las cincuenta páginas, para que vaya en la misma línea en extensión que Un chico de Castellón, y luego... bueno, buscaré otro cuento en el que concentrarme.

Mi hermano ha vuelto de Marruecos esta tarde. Cuando ha abierto su mochila, un hilillo de olores exóticos me ha hecho cosquillas en la nariz. Ha comprado muchas cajas de madera y de minerales; le he comentado que parecía que hubiera vuelto, una vez más, de Rusia.

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