(Diario de adolescencia) 30 de abril de 2017



Creíamos que teníamos que embarcar a las nueve y media, pero, en realidad, es era la hora de salida del vuelo. La hora de embarque era a las nueve y cinco. A las nueve, pues, nos ponemos a correr por el aeropuerto.
Llegamos a las doce y pico y, sorprendiéndonos a nosotros mismos, averiguamos cómo llegar hasta la estación de trenes. Salimos hacia nuestro hotel. A través del cristal del tren, podríamos estar mirando Berlín por primera vez, pero el interior del transporte público ya es lo suficientemente interesante.
Visitamos el museo de Pérgamo. Es coherente que, en él, haya tantas esculturas antiguas porque ese arte comparte algo de rigidez con las posturas de los alemanes ―sobre todo de los alemanes de más edad; los más jóvenes parecen comportarse con más ligereza, pero son tan callados como sus padres. El silencio que Paula, Maria y yo notamos por las calles nos hace sentir un poco culpables por nuestra producción industrial de ruido.

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