(Diario de adolescencia) 3 de septiembre de 2015



Aún intento encontrar mi asiento en la platea del debate independentista. Las butacas no llevan su numeración escrita y me parece que no soy el único que se siente desconcertado. En la entrada que me dieron en las puertas del teatro ponía un número, uno concreto; un número que mis padres me habían enseñado a repetir de memoria como el teléfono de casa o mi dirección postal. Ahora, en el interior, veo la confusión de los demás y veo mi propia confusión. Desde el anfiteatro, las autoridades abren la boca; no se sabe si ríen o lloran, no se sabe en qué lado de la historia están. Lo único de lo que estoy convencido es que lo que no hacen es bostezar, porque el debate no tiene desperdicio.
P dijo un día que en toda negociación ambos lados tienen que ceder un poco. Este debate se convierte en una negociación entre el Estado español y Cataluña desde el momento en que los dos tienen mucho que perder o de lo que beneficiarse. Quizá la opción más sensata sea la de los socialistas: convertir Cataluña en un estado federal, que se autogestione sin llegar al extremo de mirarse el ombligo e ignorar lo demás. Uno de los extremos del debate es el sueño de una Cataluña completamente independiente de España; el otro, la inmovilización de la situación. Esa alternativa del federalismo no es lo mismo que el primer extremo, pero, en una línea con cabos, sería una opción más inclinada hacia el independentismo que hacia el centralismo español. El margen de beneficio que Cataluña sacaría con el federalismo sería fantástico para su economía. ¿Y en un sentido cultural? Qué decir, tampoco creo que, estando el mundo entero obsesionado con el dinero, la realidad del independentismo fuera la misma que la de Bélgica de Josep Carner.

La forma de hablar que más admiro es la de los payeses de por aquí. No se andan con rodeos, son precisos como periodistas y tan poéticos como Lorca. Quizás esta poesía de la que hablo no se entienda; es una poesía basada en proverbios, dichos y algún que otro juego de palabras. Podrían parecer expresiones y figuras retóricas demasiado simples, pero son suficientes para que cuenten lo que tengan que contar. La comunicación, en definitiva, tiene que ver con los temas que se quieren tratar, y no tanto con el lenguaje. Eso los payeses lo han entendido muy bien. Tienen un abanico de vocabulario limitadísimo, pero se las ingenian para que sirva para cualquier pensamiento que quieran confesar: lo que no se puede comprender con dos frases, se podrá comprender con tres. Y lo que no se puede comprender con tres, se comprenderá con tres y una de más que resuma lo que se ha dicho en las tres anteriores.
No sé a quién leer para acercarme al habla de los payeses. Quizás debería mudarme al campo y no hacer más que teclear en mi ordenador lo que los payeses fueran diciendo. Sacaría las frases con más luz de la literatura actual; unas frases casi transparentes, que se pudieran entender tan bien que llegasen al fondo de las cabezas lectoras.
Este sueño debe de ser uno de los más naturales que nunca he tenido. Pienso en él y en una lucha (¿mi? lucha) contra ese sector de las letras que, sea a través de la escritura poética o de la compleja, quiere encriptar sus escritos. Codificar un poema o un relato está muy bien si eres de la agencia de inteligencia americana, pero, siendo quien eres, siendo quien soy, ¿por qué engañar con palabras y frases rebuscadas? Disfruto leyendo cosas secretas, pero, a la hora de ponerme a escribir, solo pienso en un mensaje con una forma sencilla. Tal vez el contenido sea contradictorio, extraño, indignante... Pero la forma tiene que ser fácil de comprender, no jodamos. Lo que me molestaría sería que un lector me criticase por haber escrito un texto que fuese como un muro. En cambio, si ese mismo lector aceptase que mi texto fuese una ventana, pero añadiese que lo que viera a través de esa ventana fuese un asco, yo solo me encogería de hombros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario