(Diario de adolescencia) 3 de mayo de 2017



Creo que me conozco, pero no puedo estar seguro de ello. Antes de salir del baño, me miro en el espejo y abro los ojos tanto como puedo. Nunca antes mis pestañas superiores habían estado tan separadas de las inferiores. Mis párpados tiemblan, pidiéndome que deje de forzarlos, que puedan volver a su posición natural. Me veo como un completo extraño. No, ahora no puedo decir que me conozca. Del mismo modo que en estos momentos veo mi físico como si no fuera mi físico, si me forzara anímicamente, también vería partes de mí que no sé si existen —sin contar esas partes que quedarían escondidas aunque me empeñase en descubrirlas.
Después de pasar tres días fuera de casa, me doy cuenta de lo difícil que es tomar decisiones. Cuando estamos en sociedad, se nos pide continuamente que decidamos, que opinemos, que nos posicionemos. El placer de la soledad viene, en cierta forma, de su silencio, de un silencio que no necesita nuestra respuesta. Pero no se puede sobrevivir con la soledad únicamente. Aunque tengamos que aprender a estar con nosotros mismos para aprender a estar con los demás, regocijarse en la soledad, en el silencio, nos convertiría en monstruos. ¿Y qué es un monstruo? En fin.
Hace un día lluvioso. Parece que haya arrastrado el mal tiempo desde Berlín como se arrastra un catarro de un lado a otro. Ayer, a esta hora, estaba en un tren, de camino al aeropuerto. Maria y Paula estaban cansadas y yo pensaba que la amistad es uno de los fenómenos que ayudan a dar sentido a la vida. La escritura también lo hace, pero hay días que la siento extremadamente inútil y vacía.
Una mujer baja del autobús lentamente y, antes de acabar de salir, se disculpa ante el conductor: «Siento ir tan despacio, me operaron hace unas semanas.» ¿Por qué se ha sentido obligada a pedir perdón? ¿Es que la lentitud se tiene que excusar? Se valoran las acciones ágiles y efectivas. No hay lugar para tropiezos, dudas, rectificaciones, premeditación... La ciudad responde a otro tipo de orden. Si ahora, sin los achaques de la tercera edad, me cuesta responder a lo que se me pide de la manera que se me exige, ¿cómo voy a encontrar mi lugar? Sea como sea, sé que no estoy solo al preocuparme por cosas como esta.
En Plaça Universitat, los ojos se me van detrás de una piel blanca y unos cabellos rojos. No hay una relación fuerte entre la extravagancia y llamar la atención. Por Barcelona, uno se fija en diferentes personas por rasgos que no tiene por qué haber dilucidado: ¿el vestir? ¿Unos ojos de color intenso? No solo eso puede ser lo que nos llame la atención. Una inflexión de voz, una peca, el azar con que los ojos caen sobre las masas de gente... Lo verdaderamente sorprendente no es que no solo la extravagancia nos haga sentir curiosidad, sino que en las grandes ciudades sigue siendo posible concentrarse en una sola figura, mientras el paisaje cambia por las prisas, las luces, los cláxones.

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