(Diario de adolescencia) 3 de junio de 2017



Como que la bicicleta estática se fastidió ayer, no he podido hacer ejercicio de ninguna manera. Sin esas horas de esfuerzo físico, me siento asqueroso. Me pongo una camiseta demasiado estrecha y, durante toda la mañana, noto mis michelines; el cinturón los detiene o los desborda.
Voy a la academia de inglés a hacer el último examen. Me despido de Júlia, una de mis compañeras, que es de Balaguer y tiene una voz muy grave, parecida a la de Nico. Después, voy a visitar a Laia: hace unos días, le sacaron las muelas del juicio y me la encuentro con unos mofletes hinchadísimos, como si se hubiera puesto delante de un espejo distorsionador y no se hubiese movido de allí.
Vuelvo a Mataró y voy a comer a La Cuina del Cel. Hummus y un sorbete de mandarina. Observo discretamente a los demás clientes del restaurante: los padres más jóvenes no se privan de ciertos placeres.
Luego, sigo trabajando en un ensayo sobre Garrigasait. A las siete y media, voy con Paula y Maria a la feria. Subimos a la noria, al Látigo y al Canguro. Reímos como de costumbre, pero me temo que no llegamos a experimentar ninguno de esos momentos que recordaremos como míticos. En fin. La vida no se construye ni con momentazos ni con instantes, sino con escenas de naturaleza diversa e indescriptible en su conjunto. Últimamente, me cuesta escribir haciendo que se me entienda.

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