(Diario de adolescencia) 3 de julio de 2015



Voy en dirección al autobús. Queda un día para que termine el curso de Periodismo. A estas horas de la mañana (8 a.m.) ningún coche transita, por lo que puedo caminar por el medio de la calzada. Disfruto con ello porque así controlo lo que pasa a izquierda y derecha. Bajo por mi calle, Carrer Sant Isidor. Al girar por Carrer del Carme, un coche se acerca, así que tengo que apartarme. En seguida vuelvo al medio y sigo dividiendo la calle en dos trozos, cada uno de los cuales está delimitado por las paredes de las casas, y, delante de ellas, una hilera de coches.
Me llaman la atención las ventanas de esas paredes. Hay una, en concreto, que me hace sonreír por las cortinas que la decoran. Son de flores, pero no unas flores discretas, sino de colores fuertes y extremados. Es inevitable que la gente, cuando pase por esta calle, instintivamente alce la mirada y se ría de ese pedazo de tela. Me da por pensar que es una buena estrategia, la de poner unas cortinas llamativas; una gran forma de esconderse detrás de ellas, de asegurarse que no hay ninguna trasparencia.
Hace dos semanas, mientras estaba en mi habitación, oí que alguien gritaba mi nombre. Miré a través de la ventana y encontré a dos amigas que paseaban por la acera de enfrente. Habían girado las cabezas hacia mi ventana y comentaban algo entre ellas. Las cortinas de mi habitación, blancas, estaban echadas. No respondí, me quedé medio paralizado.
Al cabo de unos días, bromeé con ellas: «Es muy feo espiar a la gente en su intimidad.» En un principio no me entendieron. Parece ser que, en realidad, no me habían visto a través de las cortinas, sino que solo habían gritado mi nombre porque sabían que vivía allí. Eso me alivió. Los días anteriores me había obsesionado con la idea de que, cada vez que la persiana de mi ventana estuviera levantada, alguien me estaría mirando. Lo único tranquilizador era el pensamiento de que nos espían cuando nosotros no nos damos cuenta de que nos están espiando. Por lo tanto, si yo era consciente de que alguien me estaba espiando, era casi seguro que nadie lo estaría haciendo.
Unas cortinas de flores solo se le ocurrirían a un genio. Qué juego del despiste. Confundiría a todos los escritores y curiosos que, mientras andamos por la calle, nos fijamos en nuestro alrededor. Siempre que veo alguna puerta o ventana abierta, levanto la nariz y, sutilmente, miro qué hay dentro. Y, de paso, también tendría que decir que nunca me resisto (en el metro, autobús, tren, lo que sea) a escuchar las conversaciones de los desconocidos. Me lo tomo en serio, pues más de una vez he sacado de esas escuchas el material para mis relatos y novelas.

Busco asiento en el autobús. Esta vez intentaré no golpearme la cabeza al sentarme. Pasó ayer: volvía del curso de Periodismo, había subido al vehículo y, al ir a sentarme, me di un coscorrón con una barra de metal que había en el techo, una de esas que sirven para agarrarse cuando el autobús se zarandea. No medí bien las distancias. Por lo general, esas barras no están en el techo, pero coincidió con que, en esa parte, había un maletero y, debajo de este, la barra, por lo que cualquier persona mínimamente alta se habría tenido que agachar para sentarse sin golpearse.
Pensaba que había aprendido a reírme de mí mismo. Lo primero que hice al conseguir sentarme fue hundir la cabeza entre los hombros e imaginarme a los de detrás riéndose de mí. «Son cuarenta minutos de trayecto. Cuarenta minutos y los olvidarás a todos.» Luego me di cuenta de que no había nadie.

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