(Diario de adolescencia) 3 de febrero de 2017



Acabo de levantarme. Hoy no escribiré. La nostalgia es demasiado absorbente. Las cosas cambian, la vida continúa; ese es el estado natural de la vida y, sin embargo, cuesta mucho acostumbrarse a él.
En la historia de la ruptura con I, de por medio, hay dos chicas que iban conmigo a los jesuitas, Clara y Blanca. Curiosamente, hice una caricatura de ellas en Los dieciocho son un mito, cuando aún no me caían mal. Ahora sí que lo hacen; parece que disfruten con este pequeño drama que no les afecta.
Al volver a casa por la tarde, siento el momento culminante de esta tristeza y de este recuerdo. No entiendo cómo me puedo estar haciendo esto. Si hiciese caso a lo que siento, volvería inmediatamente con I. Si puedo estar con él, debo estarlo. ¿Cómo huir de esta desagradable sensación, de este deseo de volver con él y del deber de permanecer separado de él? Pensar en su sonrisa me lleva las lágrimas a los ojos y todas las bromas que nos hacíamos cobran un color oscuro que odio. Una vez más, este cuaderno queda cubierto por lágrimas en lugar de cenizas de sus cigarrillos. ¿Cómo seguir adelante con la vida si me siento como si mi pensamiento fuera inválido, como si mi motivación se hubiese estancado, como si todo fuera a peor? Detesto pensar que reconstruirá su vida y que ya no estaré en ella.

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