(Diario de adolescencia) 3 de diciembre de 2016



Me levanto a las seis y desayuno un vaso hasta arriba de arroz inflado con leche y otro vaso de avena con leche. Me siento saciado, pese a que seguiría comiendo. Ahora son las seis y tres cuartos y, después de bastantes días sin escribir, creo que seré capaz de volver a teclear con la atención de otros tiempos. Mi padre se acerca al umbral de mi habitación y, con la voz límpida, me dice: «Felicidades.» Le respondo que igualmente. Es nuestro santo y, sin embargo, no me acordaba de ello hasta hace cinco minutos.
Un tema pendiente: ¿qué finalidad quiero dar a este diario? En parte, es la misma que le he querido dar hasta ahora: quiero que sea un registro constante y nada exhaustivo (aunque sugestivo) sobre mi vida. En las últimas semanas, no he escrito en él; de hecho, en las últimas semanas, no he escrito en ninguna parte. He estado amando, como entre mayo y julio estuve ocupado enamorándome. Esto me inquieta porque, en definitiva, los dos pilares que sustentan mi vida (configuran el sentido de mi vida) son la escritura y el amor. Volveré a escribir sobre ello. Son los pilares sobre los que avanza mi vida porque se incluyen mutuamente y no pueden excluirse.
Ayer, me propuse volver a escribir este diario con frecuencia. Ha pasado el tiempo y sigo siendo un chico tan desmemoriado como cuando lo empecé, con catorce años, y quería que fuese mi salvación contra el olvido, el apoyo físico y solamente verbal de mi flaco recuerdo.
Ariadna (2,80€) y Laia (2,10€) aún no me han devuelto la parte que les correspondía del regalo conjunto que hicimos a Nausica. No les podré pedir la próxima vez que las vea porque será en la cena de Navidad de nuestro grupo de amigos y me verían como un maleducado, por hablar de dinero en una situación como aquella. En fin, habré de olvidar la deuda.
Me he pasado la mañana leyendo. Hay unas palabras de Thomas de Quincey que me inquietan: «La razón humana, siendo inmutable, sugiere a todas las épocas, siempre renovándola y regenerándola, la deducción necesaria de un estado milagroso antecedente a nuestro estado natural.» Esa deducción… ¿ha sido reservada a unos pocos, o es que mi inteligencia es demasiado reducida como para hacerla? Desearía intuir algo por el estilo, pero soy incapaz de ello. Tan incapaz como de darle la razón a los ateos.
Acabo el libro Los últimos días de Emmanuel Kant y otros escritos y empiezo a leer El amante de Marguerite Duras. En la introducción, se habla del nouveau roman: me interesa. Tengo miedo de investigar ese movimiento y que la información que encuentre sea tan admirable que vuelva a sentir una saudade como la que sentí por el París bohemio del siglo XIX a los trece años.
Escribo este diario en un cuaderno. Probablemente también empiece a escribir mis relatos y novelas en cuadernos como este. Cuando lo hacía a ordenador, me corría una inmensa prisa por crear una obra grande y seria.
Hoy por hoy, he abandonado la ambición de toda mi infancia y adolescencia. Ser un gran hombre es un proyecto descomunal e imprevisible (es decir, que ni yo mismo puedo prever si lo seré o no). Prefiero no pensar en ello. Al contrario de cuando comencé a escribir, ya no necesito convencerme de que pasaré a la posteridad; con la fe de que escribir me sirve para preservar el recuerdo y de que escribiendo formalizo mi gusto estético puedo vivir en paz.
Esta noche, volveré a salir de fiesta con Nausica por Marina. Vendrán amigos de su universidad y Beth, esa chica de cabeza rapada cuyo padre es miembro de una banda de rock alemán. La última vez que salí por allí con Nausica fu la noche del diez de julio: todo ha cambiado drásticamente desde entonces.

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