(Diario de adolescencia) 29 de agosto de 2015



La razón por la que Belleza tangerina tiene dos capítulos y no tres es simple: antes de que llegara a la mitad del tercero, había perdido toda mi confianza en los propósitos que me había marcado al empezar la novela. Tenía claras todas las escenas que contendría; de hecho, fue por eso que en dos semanas tuve listos los dos primeros capítulos; pero, luego, se acabaron las vacaciones de Navidad y me dije a mí mismo que terminaría la obra en Semana Santa. Con lo que no contaba era con que, durante el tiempo que pasase entre ese principio de enero y las vacaciones de Semana Santa, mi punto de vista sobre la novela cambiaría. Quizás fue Domingo de Ramos cuando me di cuenta de que ya no podía escribir como quien filma una peli, con un narrador omnipresente y las descripciones adoradas como dioses. Había dejado de ser fiel a mi propio texto.

Hay un tipo de relación que me obsesiona y que he tratado en Feo y descalzo, Belleza tangerina, Rumanía en agosto... La del sabio y su alumno. La persona mayor y su nieto. El artista viejo y el estudiante de arte. Encuentro más amor en esas transmisiones de conocimientos y consejos que en los besos y el sexo.

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