(Diario de adolescencia) 29 de abril de 2017



Llego a Plaça Universitat. Tiempo muerto. ¿Dónde debería ir? El Buenas Migas es acogedor por su estética y hostil por sus precios. Ni me planteo a ir a un Starbucks, aunque me han hablado de un nuevo batido color rosa que hay allí y siento la tentación muy fuerte. Entro en el Aribau. Pido un café con leche. Voy al baño. Salgo. Me avisan de que un hombre ha pagado mi café. Vaya. Charlo con el hombre y, cuando empieza a asustarme, le digo que tengo que irme.
En el autobús de vuelta, veo a un hombre con el pelo teñido de un rubio muy blanco. Seguidamente, pasa un señor con el cabello gris. Definitivamente, los grises y blancos naturales tienen un realismo elegante que no tienen los tintes, por caros que sean. Pienso en el cabello de Jim Jarmusch.
A las tres, voy a la peluquería con el convencimiento de que mi peluquera no me hará nada que no le haya pedido antes, porque Raquel es así, sincera y fiel al cliente. El último día que fui a verla, me ahorró una decepción: le comenté que quizá me gustaría teñirme de blanco, a lo Warhol, y me disuadió con una sola mirada. ¿Qué tiene la vida en sociedad que no tiene la vida del ermitaño? Que, cuando no llegas a las conclusiones más razonables por tu propio sentido común, los demás te pueden ayudar a hacerlo.
Cada uno busca un peluquero que sea de temperamento parecido al suyo. ¿Por qué? Porque un peluquero fogoso hará peinados extremados. Porque un peluquero discreto hará peinados discretos. Porque un peluquero imaginativo hará peinados que recordarán a pasteles. Raquel es de temperamento discreto. Cada corte que hace ha sido meditado o, mejor dicho, intuido. A veces, no le doy conversación porque me sabe mal romper el silencio de alguien que trabaja seriamente.

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