(Diario de adolescencia) 28 de septiembre de 2015



Es un capítulo vergonzoso, pero aun así tengo que contarlo. He estado en Barcelona hasta tarde. He llegado a Mataró alrededor de las nueve de la noche. Antes de salir de la capital, me había comprado un precioso bocata de queso fresco que, luego, he zampado en el autobús. Mi plan era llegar a casa y hacer una hora de bicicleta estática; la hago todos los días y en eso soy muy ortodoxo. Los días que hago una excepción y me salto la rutina de esa hora de deporte tienen lugar cuando estoy de viaje o he estado toda la mañana y tarde fuera de la ciudad. Hoy, en principio, no tenía por qué encontrarme ninguna oposición a mi plan: entrarían por la puerta, arrastraría la bicicleta desde el despacho de mi padre (la guardo allí por su espaciosidad) hasta mi habitación y me pondría ropa de deporte. Sin embargo, cuando he llegado, mi padre ha venido a recibirme y una de las primeras cosas que me ha dicho es que mi madre no quería que hoy pedalease. He ido a la cocina, donde estaba preparando la cena, convencido de que sería fácil disuadirla. Iba pensando que no tenía ningún argumento para defender su orden; simplemente, le preguntaría el porqué de su norma y, después de oír su silencio, correría al cuarto.
—No es la primera vez que lo hablamos. Dijimos que, pasadas las nueve de la noche, no harías bicicleta. Es de noche y la bicicleta hace demasiado ruido. Además, no son horas de hacer deporte. Ve a darte una ducha, cena y mañana será otro día.
Por su tono ya me había dado cuenta de que sería imposible hacer que cambiase de opinión. Hay días en que es un poco flexible, pero, por lo general, cuando a mi madre se le pone alguna idea en la cabeza, es difícil desengañarla (o, desde su punto de vista: engañarla). Me he empeñado en discutir, aunque usando el tono neutro con el que ahora doy la bienvenida a todas las peleas: la tensión se vuelve más sencilla, menos brusca, cuando no la acompañan unas voces in crescendo.
—Hablas sin argumentos, mamá. No hay ninguna relación entre la noche y el deporte. Lo único que he oído es que se tiene que esperar una hora entre el momento en que se hace y el de acostarse. Esos sesenta minutos los respeto. Dime más argumentos, va. —Esa palabra, «argumentos», la consideraba clave. Lo que no sabía era que, con una madre, cuánto me justificara era insignificante. Se haría lo que dijese.— En serio, di por qué piensas que me hará algún daño hacer deporte ahora.
La situación, desde un primer momento, se encontraba en un punto muerto. Volví a mi habitación, con la intención fija de pedalear por más que se empeñase en ese sinsentido suyo. Pero una frase detrás de mí me detuvo:
—Si esta noche te sientas encima de la bicicleta, mañana le sacaré los pedales y no la verás más.
No había ninguna justicia con la que protegerse. Era un hecho; ella era capaz. Nada que hacer. Nada más que desistir, olvidarlo. Estaba acostumbrado a dar la razón a los demás y, no obstante, en este momento me estaba costando más de lo habitual. Quizá era porque, mientras que normalmente doy la razón en asuntos que no me implican directamente o en que el daño que me hacen es mínimo, este atacaba uno de los valores que más apreciaba: la constancia. Desde que hace más de un año empecé con la rutina de la bicicleta, ha representado el símbolo de mi constancia. Un símbolo imprescindible: que pudiera obligarme a hacerla día sí día también demostraba que podía entregarme en tantas otras cosas; cualquier objetivo se ve sencillo si el mundo parece un puente, y no una frontera. La única manera que había conocido de mirar el mundo y no ver en él un enemigo infranqueable era a través de valores como ese mismo. También la firmeza, la dureza, la fortaleza, la severidad. Todos ellos hacia mí mismo; nunca era ni severo ni duro con los demás. Es conmigo con quien pasaba cuentas; ¿a quién tenía que demostrar mi propia valía? Al que veía en cada espejo.
Me puse a llorar y, llevándome las manos a la cara, dije:
—Algunos lloran por cosas emocionales. Otros lloran porque ven películas y nadie les dice que no monten un drama por tan poca cosa. —Realmente, no había estallado en lloros para hacer una interpretación teatral. Las lágrimas habían subido a mis ojos por sí solas.— Lloro porque me estás poniendo obstáculos para conseguir lo que me propongo. Para mí, no es una bicicleta extática, es estática; no obtengo ningún vicio de ella. La hago esforzándome, empeñándome. Esos minutos de bici al día me sirven para convencerme de que no queda ni rastro de pereza dentro de mí. Con ella veo claro que estoy consiguiendo volverme tal y como quiero ser. No hay una intención de belleza física. Mi aspecto… ¿crees que me importa? Hace dos años que no compro ropa y almuerzo y ceno como un poseso cada día.
Y, luego, en mi cabeza, añadí: «No la puedo culpar. Lo que le han enseñado es que toda actitud que no se ajuste a la normalidad es patológica. Debe verme como un tipo de anoréxico o alguna cosa por el estilo. A mí, amante de la comida y de la fruta en especial. A mí…» Incluso esos pensamientos me han cruzado la mente con una frialdad, un ritmo sigiloso, que es de agradecer.
Me costaría encontrar a alguien más apático que yo. Es por ese motivo que algunos asuntos sentimentales ni me duelen ni me conmueven. Es, en fin, lo que en realidad me importa lo que me lleva a los estados más extremos, como el del grito o de la lágrima: que se me impida seguir un camino hacia los valores que admiro. Unas valores que, a su vez, son los que sé que me servirán para cumplir con las misiones que tengo en esta vida. La principal: escribir. Sin rigor, me pierdo.

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