(Diario de adolescencia) 28 de marzo de 2016



La niebla se nos come. Hemos salido a las siete y media del hotel y solo faltan siete minutos para en punto. Veinte minutos de trayecto fatídico. No me siento como si estuviese en uno de mis mejores momentos. Leyendo, me desconcentro; tengo la impresión de que estos días he perdido virtudes (no he aguantado las críticas de mi madre con paciencia, he sido mordaz…); me esperan seis horas de camino y tengo que decidir: o bien las comparto conmigo mismo o bien con un diario de Jonas Mekas.
Lamo Ricola para matar el tiempo. Como quien fuma. Como quien se muerde las uñas. Como quien nunca sabe qué hacer. Como quien extravía la mirada y hace cara de preocupado aunque no lo está. La cuestión, en fin, es ocupar minutos. Los podría aprovechar para escribir, pero, a veces, tengo miedo de tomar un papel y escribir en él alguna burrada.
Hagamos una breve recapitulación: ayer, por la tarde, fuimos a Menton, donde, mientras mis padres visitaban el lugar, me entretuve en el Musée Jean Cocteau. La entrada era gratis para menores de dieciocho años. Me quedé con la intriga de si hubiera pagado en caso de haber tenido que hacerlo. Recorrí las salas con una lentitud que preocupaba a los vigilantes. El Jean Cocteau es uno de estos museos que no se organizan por rutas lineales, sino que escampan paneles a lo largo de un espacio y el visitante tiene que averiguar por dónde ir. Demasiada libertad para alguien acostumbrado a la lectura; siempre resigo las líneas de izquierda a derecha y de arriba abajo, por lo que nunca sé cómo coger este tipo de dinámicas interioristas. El museo acogía la colección de un señor, Séverin Wunderman, que en vida se dedicó a acumular obras de Cocteau y otras personalidades de su entorno. Una colección envuelto por la arquitectura de Rudy Ricciotti. Viéndola, no puedo evitar recordar los jardines zen; la impresión que provoca una piedra al lado de otra cuando el alrededor es hostil a una organización así de sencilla… Sí, todo eso minimalista o simple gana en importancia cuando su fondo está lleno de tiendas turísticas, casas alargadas… Puede que el objetivo de la arquitectura moderna deba consistir en resistir delante de un contexto homogéneo.
Hablo, a través de Tinder, con un chico de Saint-Tropez que estudia Arquitectura en Londres; toda posibilidad de amor es nula, pero no por eso dejo de fantasear.
Nueve y tres cuartos. Bajo del autobús y tomo un americano con leche. Miro hacia el cielo. Aún se puede extraer alguna conclusión del vuelo de los pájaros: un grupo de once vuela hacia la derecha. Va seguido de otro grupo de cinco. Más atrás, algunas parejas y solitarios que se dispersan mientras que los grupos más compactos se acercan.

La coreografía de unos molinos eléctricos, el castillo de Salces, lagos, viñedos… Los paisajes se sobreponen a través de la ventana del autobús. No, no se sobreponen: se suceden o se deslizan. Recuerdo esa primera escena de La educación sentimental en que los escenarios se mueven alrededor de un personaje que va en barco.
Pienso en la horizontalidad. Yendo en autobús, el camino que se sigue es recto (hasta en sus sutiles curvas); se mueve por una línea. En la embarcación de Flaubert, también. En un tren, encontraríamos lo mismo. Si quieres elevarte en lugar de ir a ras de tierra, tu alternativa debe ser el avión. Es la forma de viaje que más se distingue de las que he dicho. Trenes y autobuses se relacionen con peces y mamíferos; los aviones, con aves.

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