(Diario de adolescencia) 28 de junio de 2017



Día vacío. Acabo de corregir Los dieciocho son un mito: es un proyecto que noto distante a la vez que aún reconozco en él mis preocupaciones.
Casi a las diez, tomo el autobús hacia Barcelona. Saldré con Abril a Razzmatazz. ¿Estoy dentro de un bucle? Quizá entrar en un bucle sea lo más normal en el ser humano: a veces consiste en un bucle de vicio y a veces en un bucle de trabajo. Hay días en que noto fuertemente que la literatura no me aporta el frenesí que me puede dar una noche de alcohol y música, pero, al mismo tiempo, la literatura es lo que permanece mientras que intuyo que estas noches pasarán y solo dejarán un dulce, entrañable, perfecto, envidiable recuerdo.
Llego a Barcelona y encuentro el centro lleno de gente. Unos fuegos artificiales explotan en la lejanía, entre rascacielos. Corro al Sureña, donde me encuentro con Abril. Hablamos sobre nuestras vidas, como siempre; hacía una semana que no nos veíamos y tanto tiempo es como una eternidad para dos personas que se compenetran tan bien como nosotros. Tomo un vino tinto y ella, un vino blanco. Luego vamos a Nevermind y pedimos unas Heineken. Abril nunca antes había bebido a morro. Viste de negro e impresiona en la oscuridad del local.
Cogemos el metro. Conocemos a un rubio que me pisa un zapato porque sabe que lo estoy estrenando. Le doy las gracias. Bajamos en Marina y nos las apañamos para encontrar el bar Ovella Negra, donde la invito a un chupito de ron de la misma manera que antes Abril me había invitado al tinto. Pido, asimismo, otros chupitos de Jägermeister, vodka, whiskey y uno más de ron. Me los bebo todos yo pero no surten efecto. Buscamos la entrada de Razzmatazz.
Bailamos. Reconocemos a alguien. Volvemos a bailar. Toda la noche consiste en la repetición de esas acciones. Fumar en la terraza es entretenido cuando se acaba de conocer a unos conocidos; fumar en la terraza estando solo es simplemente deprimente.
Lanzan espuma porque se supone que esto es una fiesta de la espuma. Abril y yo tenemos tan mala pata que nos metemos dentro de un charco. Jugamos a hacernos los cerdos. Nos ponemos espuma en la cabeza. Cuando salimos de la discoteca, damos asco: mis bambas están marrones, mis pantalones apestan y sus piernas están llenas de manchas. Tomamos el metro a las cinco, puntualísimamente.
Antes de las seis, ya estoy en el tren de vuelta a Mataró. Me prometo no volver a salir hasta Les Santes. Habría preferido acabar la noche acostándome con un desconocido pero en el fondo me da igual porque acostarse con un desconocido es lo más parecido que hay a la masturbación. En el tren, una chica cubierta de moratones se duerme. Llego a Mataró a las seis y pico. Ya ha amanecido y la costa del Maresme se muestra serena, lírica, ignorada.

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