(Diario de adolescencia) 28 de junio de 2015



Hoy es un mal día para el hombre. O, si no, para mí en particular, que soy un hombre. Pero tengo que decir que un «mal día» es una expresión que abarca demasiado. Desde las desgracias más impensables, todo puede ser un mal día. Hasta los detalles más nimios, considerar que un día es malo suele ir más ligado a cómo se entiende la vida que a cómo es la realidad.
Si hoy, al corregir un texto, no veo nada de bueno en él, espero que sea por este último error. Si se trata de una filosofía equivocada, de haberme levantado con mal pie, el texto podrá ser salvado. Si, al contrario, se trata de un texto mediocre que, al ser escrito, pasó disimuladamente por mi control de qué es basura y qué es mínimamente publicable, no hay nada que hacer.
En esta ocasión, estoy corrigiendo un texto en el que he perdido confianza: la novela Belleza tangerina, que escribí el enero pasado y que he recuperado ahora para echarle un vistazo antes de publicarla en Internet o bien enviarla a algún concurso ―esa decisión la tomaré a última hora.
Plantarme en un concurso con un escrito así es arriesgado. Diría, incluso, que no vale la pena. La novela merece salvarse de ese trance: los meses de espera mientras el jurado lee los manuscritos y delibera. No, quizás deba publicarla directamente. Mientras que, al participar a un concurso, la crítica más feroz es el silencio del jurado hacia tu obra, en la red hay gente dispuesta a descuartizarte. Se tendrá que ir con cuidado.

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