(Diario de adolescencia) 28 de julio de 2017



Desde que leí El idiota de la familia, no puedo dejar de pensar que el hombre está más cerca de las plantas de lo que él mismo podría admitir. Ser pasivo, vegetal. Quizá para escribir una buena novela sea imprescindible desprenderse de lo teórico, intelectual. Una novela crece como una planta: no hay nada verdaderamente necesario en su evolución; se ve como perfecta y acabada porque su autor le ha dado esa forma, no porque de por sí sea una obra perfecta y acabada. Lo que me impide empezar la novela en que llevo meses pensando, Josep y Pau, es que la idea se me impone por delante de la historia, el arquetipo por delante del personaje.
Por la mañana, duermo. Ayer comí tantos dulces que noto que he engordado: mi cuello y mi pecho; me siento fatigado y quiero deshacerme de mi cuerpo. Voy a Barcelona a recoger unos certificados y, caminando por la calle, me animo. Por la noche, me niego a salir de fiesta mayor; echo de menos el trabajo pero no sé con qué ocuparme las manos.

Antes de medianoche, doy vueltas en mi habitación leyendo Mirall trencat. Mi mayor obsesión irreprimible es el deseo de gloria; mi mayor obsesión autoimpuesta es la sencillez en todo lo que escribo. Llegar al punto de llaneza profunda que lograron Mercè Rodoreda o Josep Pla es mi objetivo.
Hace unas horas, en el gimnasio, pensaba en la religión mientras escuchaba «Iluminados». ¡Religión! ¡Qué palabra! El ateísmo es tan dogmático como la Iglesia de antes y más dogmático que la Iglesia de hoy. Me considero agnóstico. Si tuviera que creer, creería en una religión monoteísta; Dios, lejos de tener forma humana o de tener diversas formas, es el Todo en su conjunto; Dios es una realidad que se puede intuir (todos intuimos que estamos dentro de una unidad infinita) pero inaprehensible.
¿Qué decir sobre el alma? Rodoreda, en el prólogo de Mirall trencat, la considera superior a lo material. Quizá lo es. ¿Qué le pasa a mi alma cuando me expongo en Internet? El día que subí un vídeo a YouTube sobre mi día a día, casi no pude dormir. Este diario es una exhibición gratuita: lo escribo como si fuese un ejercicio de estilo y lo publico en mi blog porque tengo miedo de morir mañana y que quede inédito. No sé qué le ocurre a mi alma cuando me sumerjo en las redes sociales; solo sé que, ahí, hay un movimiento.

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