(Diario de adolescencia) 28 de julio de 2016



Han pasado cuatro días. No mejoro. Sigo pensando en él y, particularmente, en cómo es mi vida sin él; curiosamente, tengo estos pensamientos sin que, durante el tiempo que pasamos siendo amigos, se inmiscuyera tanto en mi vida diaria como para que ahora notara con gran efecto su ausencia; sin embargo, es el peso de las conversaciones constantes, circulares y largas que teníamos lo que más me duele, un peso que sigue doliéndome sobre las espaldas aunque ya no exista.
Ayer fue el día oficial de Les Santes, las fiestas mayores de Mataró. Montaron unos fuegos artificiales exquisitos, como de costumbre; sigo siendo fiel a las palmeras, las formas que me parecen más clásicas y eternas de las que la pirotecnia puede ofrecer. Sin embargo, notaba dentro de mí algo de insatisfacción, igual que la noté anteayer, también por la noche, en otro acto de las fiestas. El lunes fue el día fatídico: bebí tanto, tratando de elevarme a una vida como debe de ser la de P ahora que está enamorado de alguien que no soy yo, que acabé inconsciente, en medio de la calle. Tuvieron que venir a buscarme mis padres a las dos o tres de la madrugada, al paseo marítimo. No he hablado demasiado de lo que pasó ni con mi familia ni con mis amigos, pero me asusta el comportamiento que pude tener; a día de hoy, no recuerdo nada de aquella noche, por lo que todo lo que sé sobre lo que ocurrió me ha sido contado por personas que estaban ahí. Suelo decir: «Todo tipo de experiencias me servirán como material literario»; sin embargo, ¿qué material puedo sacar de algo que ni siquiera está en mi memoria? La noche del lunes me desdoblé y abandoné mi cuerpo; es la única explicación que me puedo dar cuando mis amigos me cuentan que actué de tal forma o de tal otra, sin que yo me reconozca en ninguna de las acciones de las que hablan.

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