(Diario de adolescencia) 28 de agosto de 2015



«Huyo amedrentada del “sentimentalismo”», leo en el Diario de Virginia Woolf. Y, ahora, cinco segundos después, habiendo comprendido qué significa, me pregunto: ¿no estaré preocupándome demasiado poco del sentimentalismo en mis propias novelas y relatos? Si lo pienso, veo claro que las escenas de gritos y lloros que hay en mis últimas obras son muchas más de las que querría. No las estoy rechazando, solo dudo de su papel.

Estoy nervioso porque empiezo a creer que se lo debo todo al mundo. O, en concreto, los que fueron mi mundo durante mucho tiempo: mis padres. Al protagonista de L'auca del senyor Esteve le recuerdan que él podrá dedicarse a lo que le apasiona ―casualidad: la literatura― porque su padre se habrá desvivido antes por crear la fortuna familiar. En esas andamos. La sensación de estar en deuda con el resto del mundo, con los que no se dedican a su pasión, con los que no se dedican a la literatura y con mis padres es grande, demasiado grande. No tan grande como para llevarme al insomnio, pero casi.
Siento la obligación de agotarme. Escribiendo, haciendo deporte, estudiando, trabajando en tareas mecánicas para el negocio familiar... Si no acabo rendido, es que no he hecho lo suficiente. Y, sin embargo, tampoco diré que este sistema no me haya funcionado ni que haya dado muestras de ser perjudicial. Empecé con él el diciembre pasado. Hasta junio, estuve levantándome a las cinco y acostándome a las doce. Intentaba rentabilizar cada minuto lo más posible. En verano me he relajado; he estado acostándome a las diez y despertándome a las seis. Quizás debería retomar ese ritmo; siento que, si no lo hago, no podré abarcar todo lo que quiero abarcar.
¡Lo más jodido es que el tiempo siga ahí, delante de mí! ¡Al alcance de mi mano, y, a la vez, demasiado corto y estrecho como para ser cogido!

En el relato que estoy escribiendo, Rumanía en agosto, cada tema es un reto. Antes de escribir sobre él, anoto un par de palabras en mi cuaderno de esbozos y paso unas horas paseando o comiendo o leyendo, mientras esas dos palabras me distraen, volviendo una y otra vez a mi cabeza.

Woolf dice que un crítico debe saber hacer «abstracción de lo esencial», impedir que le desconcentren sus prejuicios o sus favoritismos por tal o cual carácter, situación, etc. Si tiene razón, entonces me podría convertir en un buen crítico. Llevo más de dos o tres años sin leer una novela, ver una película, observar una pintura que me absorba completamente y me haga ponerme en la piel de sus personajes. O, si se quiere, más ampliamente, de sus elementos. Busco el sentido artístico de las obras, sin meterme de pleno en ellas, siempre pensando en el hecho mismo de que estoy disfrutando de ellas antes de pensar en los hechos que reflejan en sí mismos e intentar entrar en ellos. Siguiendo ese camino, ahora no sabría decir qué obras me gustan más y qué obras me gustan menos. Por ejemplo: ¿Monet o Manet? No sabría responder. No son comparables en ningún aspecto. Manet era Manet y Monet, Monet. Si cada uno me ha encantado ha sido porque su búsqueda de sí mismo me ha parecido honesta, no porque lo prefiriera en relación a otros artistas.

Como escritor, solo soy un realista. Podría proponerme escribir obras más abstractas, más basadas en el símbolo que en un espejo de la realidad, pero entonces estaría siendo infiel a mi intención. ¿Qué intención? Si creo tantos personajes que son artistas que hablan y piensan sobre su arte y el arte es porque tengo más interés en la pregunta: «¿Qué es el arte?» y todas las que puedan derivar de ella que en la pregunta: «¿Qué es el arte para mí y cómo puedo enfocarlo?» En ese sentido, soy más periodista que artista. Más asistente de cámara que cineasta. Más aficionado que hace fotos para que le sirvan de recuerdos que fotógrafo creativo.

Leo una ofensa a alguien y me enciendo. Una ofensa a quien sea, amigo o enemigo mío, conocido o no. Y no me enciendo en sentido negativo, sino que me enciendo en el sentido de que me pongo nervioso. Rápidamente, me imagino qué pensará la persona que recibe la ofensa. Y hablo de ofensa porque tanto puede ser un insulto, como una burla, etc.
Insisto en ver la realidad desde el punto de vista de la persona que señala y el de la persona señalada. Es por eso que me cuesta decidirme por un lado o por otro: comprendo los motivos que mueven a los dos. Lo único que acabo sin entender es por qué debería decantarme por ninguno. En la mayoría de situaciones, cada una de las partes enfrentadas se cree que tiene la razón. Me esfuerzo por entender los argumentos que los dos ponen; necesitaría esforzarme mucho más para decidir cuál es el que se equivoca y cuál es el que acierta.

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