(Diario de adolescencia) 28 de abril de 2017



En menos de dos meses, se cumplirá un año de la muerte de mi gata. Mixa, a veces, me daba envidia. Su tranquilidad, el vacío sin remordimientos de su vida… Me creía que la vida humana era muy distinta a la que sería la vida de un gato. En realidad, que la vida humana sea de una forma determinada y que no tenga ninguna relación con la vida de otras especies animales es algo que nos han enseñado, algo que podríamos poner en duda. Preguntándonos por la estabilidad de nuestras vidas, las podemos construir con una mayor autonomía. Si quisiera tener la vida de un gato, ahora mismo, la tendría. La cuestión es que solo quiero la vida de un gato en cierta medida.
Veo, en un parque urbano, un grupo de niños junto a sus profesores. Como que es viernes por la tarde, deduzco que debe ser una costumbre llevarlos de paseo en este momento de la semana. Recuerdo que, en el colegio marista, los viernes por la tarde, salíamos a jugar al patio. Era algo extraordinario, casi más esperado que las horas del patio de cada día, ya que las horas del patio duraban solo media hora y estos ratos solían durar una hora entera. Veo a los niños que van los unos de la manita de los otros. Su griterío se oye desde fuera del parque urbano, desde la acera en que me dejo llevar por mi memoria. ¿Cómo era el mundo a esa edad, en primaria? Parecía que todos los años escolares serían lo mismo. Me decían: «Y, cuando salgas del colegio, tendrás que ir a la universidad.» y me angustiaba. Por más que el colegio me aburriese, no se me pasaba por la cabeza que fuera posible cambiar de vida. Ahora, incluso dudo de esas cosas que aún me divierten, que aún me mantienen distraído.
Son las cinco y media: la hora del amor adolescente. Los chicos salen de las clases y encuentro, en unas cuantas calles, parejas que se morrean contra las paredes, contra la luz de la puesta de sol. Me cambio de acera porque sería violento que pasase al lado de una pareja de estas.

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