(Diario de adolescencia) 27 de marzo de 2016




Mónaco. La presencia del mar no está de más; aunque el dinero es un invento humano, ni los ricos abandonan algún enlace con la naturaleza.
Hemos pasado toda la mañana yendo de la plaza de delante de la catedral a la entrada del palacete, y al revés. Finalmente, cuando faltaba media hora para tener que comer, mi madre ha comprado entradas para el palacete y lo hemos visitado al mismo ritmo al que habríamos corrido una maratón. Los cambios de turno se me hacen fatídicos. El aire es frío. Las tiendas de recuerdos repiten la misma cantinela, sea aquí o en cualquier centro de interés. En fin, queda poco para abandonar esta vida de turista que, de hecho, ni es vida ni es nada. Dar vueltas como un abejorro por una ciudad no satisface a nadie. Es necesario trabajar ―viajar por trabajo, por inquietud artística, por un mejor motivo que el que tendría un guiri― si no se quiere perder el tiempo.
Mientras comemos, hablo con mi padre sobre todas las tareas que pensaba hacer por Semana Santa y han quedado colgadas. Hablo del estudio y de la investigación de una universidad, básicamente. Llega un momento en que se debe saber dejar el trabajo en suspensión en lugar de terminarlo; todos sabemos que es infinito y que, por valor que le demos en nuestras vidas, si no lo limitamos, acaba sobreponiéndose a otros planes. Necesitaba estos cuatro días para recordar cómo era estar con mis padres.

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