(Diario de adolescencia) 27 de junio de 2015



Escribir este diario me lleva a unas sensaciones que se contradicen entre ellas: la alegría de dejar por escrito lo vivido, sin depender de los errores de la memoria, y el convencimiento de que lo que hay aquí no vale ni un céntimo. Cada anécdota que cuento hace que me sienta como si estuviera intentando demostrar algo, fardar de alguna cosa. Esa ―por lo menos conscientemente― no es mi intención y, si el solo hecho de poetizar algunas historias ya las convierte en presuntuosas, ¿cuál es el motivo por el que se tendrían que escribir autobiografía, libros de memorias...?

Lo que peor me sabe es que a veces me frene a mí mismo. No es que haya cosas que no merezcan ser contadas: es que, al tratar de describir la realidad, mi realidad, la selección de lo que se dice o lo que se deja de decir es más complicada que en la ficción. Siempre cabe la posibilidad de que uno se esté mirando el ombligo y ni se dé cuenta. No podría decir cuánto miedo me daría que eso me estuviera pasando.

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