(Diario de adolescencia) 27 de julio de 2017



Día de Les Santes. Por la mañana, oigo los cohetes que tiran desde diversas calles y, al anochecer, salgo con Maria y Paula a tomar unas cervezas en la taberna Serengeti. Pido una cerveza de frambuesa: ¿cómo era frambuesa en catalán? Silencio. Más tarde, vamos a la playa, donde lanzarán fuegos artificiales. Llegamos antes de tiempo para coger sitio y, como en el entretanto no sé qué comentar a las chicas, me dedico a escribir este texto. Una nube rosa pasa enfrente de la luna y tiembla su brillo. No sopla nada de viento: el humo, quizá, será un inconveniente. Más adelante, comprobamos que, en efecto, los fuegos cubren al público con cartones quemados y un humo asfixiante. La gente se queja. Disfruto especialmente de las formas de las cascadas y las palmeras; todo lo que recuerde al champán, al fin de año, a los vestidos largos y el maquillaje, es agradable.
Después de los fuegos, ellas se bañan en el mar. Insisten en que me bañe. No quiero hacerlo. Desde la orilla, veo parejas y grupos que, acercándose a las olas, ríen y hablan como planificando algo malvado. Luego, vamos a los conciertos, pero no puedo dejar de pensar en todos los días que han pasado desde que empecé esa novela que se me resiste. Caigo en uno de mis silencios incómodos y algunas amigas me preguntan qué me pasa: ¿por qué estas rayadas tan espontáneas solo me ocurren a mí? No lo sé. Me piden que «haga el esfuerzo de estar normal», pero la cara se me resiste a reír, hacer muecas, olvidarme de todo un poco.

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