(Diario de adolescencia) 27 de abril de 2017



Parado delante de un semáforo, oigo a un hombre que, a mi lado, canturrea una canción. Se esconde debajo de un paraguas. Tiene rasgos asiáticos, la piel oscura y es bajito. Parece completamente abstraído de todo. Es lo que tiene la música: evade de un modo sensacional; nos permite salir de nuestra realidad a la vez que permanecemos en ella. En fin. Mañana lluviosa, de nuevo.
Entro en la biblioteca con la intención de estudiar. Antes de que haya dejado todas mis cosas sobre la mesa, me topo con alguien conocido y se acaba el estudio. Vamos a tomar un té. No vuelvo a la biblioteca hasta dos horas más tarde. El día, a medida que avanzaba, se ha ido ennegreciendo.
Voy a la inauguración del D'A Film Festival. Veo Lady Macbeth, dirigida por William Oldroyd. Fijaos en esto: nos cuenta la historia de una joven de Inglaterra que se casa con un hombre al que aborrece y acaba enrollándose con un criado. ¡Incluso hay asesinatos, en esta peli! ¿Qué más se puede pedir? ¿Qué más que se puede pedir aparte que el cine sea el agujero de un cerrojo por el que observemos la vida de otros, la vida de personajes ficticios? Sin lugar a dudas, si el cine sirve de algo es para aliviarnos. Hace que olvidemos las preguntas que constantemente nos estamos haciendo: ¿vivo del modo correcto? ¿Existe un modo correcto de vivir? ¿Estaré aprovechando mi vida? El cine, en cierta medida, sirve para responder a estas preguntas de un modo atrevido: nos muestra otras vidas en su particularidad. No hay ni una sola vida que no sea parcial, y de eso nos damos cuenta, a veces, gracias al cine.

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