(Diario de adolescencia) 26 de mayo de 2017



Abril, anoche, estuvo radiante. Dos chicas se quedaron mirándola en la discoteca por la flexibilidad con que bailaba. La madre de Abril murió hace un o dos años. «Era el proceso natural que debía seguir su cuerpo.», dice ella, con una resignación sonriente. Esta tarde, pienso en Abril y su madre y se me llenan los ojos de lágrimas. Abril solo tiene veinte años. ¿Hay algo más noble que la serenidad con que vive lo sucedido? Esa fortaleza. Esa fortaleza ha sido reservada para unos pocos. No sé si se aprende o si se nace con ella. Esa fortaleza es admirable.
El interior del CAP hace olor a comedor escolar. Vengo a recoger los resultados del análisis de sangre. Me lo hicieron el viernes pasado, justamente cuando aún creía que lo que había surgido con Quim tendría un cierto recorrido. El paso de los días me asombra. Los hechos se van acumulando, van dando forma a mi vida, sin que pueda detenerlos. Seguramente los resultados sean positivos. No me siento indispuesto casi nunca. No sé exactamente por qué me hice ese análisis de sangre: Francesc insistió en que debía hacerme las pruebas de las ETS y me asustó. En la sala de espera, el silencio no es completo: es interrumpido por la voz de una madre que habla con ternura.
A veces, confundo el atractivo con la belleza y la belleza con el bien. Así, me siento desgraciado porque Quim me ignore: es un ángel y supe que lo era por la manera en que me miraba entre un beso y otro, por la manera en que me dijo: «Hoy no voy a correrme.», y no lo hizo. Aún no he asimilado cómo es el amor en mis tiempos. Vivo del amor hondo de las novelas leídas. Me he vuelto a descargar Grindr y, esta vez, lo usaré: quiero que su rostro se confunda en mi memoria entre otros tantos rostros casi anónimos.
Últimamente, he salido de fiesta para agotarme bailando y llegar tan cansado a la cama que no tuviese tiempo ni de decirme: «Me duermo.» Hoy saldría de fiesta, como ayer o como espero hacer mañana. No saldré, no. Hay algo mal en mí, como para que tenga este deseo de evasión. Deprimirme porque Quim pasa de mí solo es el síntoma de algo más profundo, que ya se manifestó cuando volví del viaje a Berlín y, en clase, me dije a mí mismo: «¿Pero qué hago aquí?»

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