(Diario de adolescencia) 26 de junio de 2015



Hoy tenía que ser el último día que viese a mis compañeros del colegio marista. La próxima ocasión en la que me reuniré con un grupo tan grande de chicos de mi edad será en septiembre, al inicio del nuevo curso. Confieso que pongo grandes expectativas en la gente que me vaya a encontrar en el nuevo colegio.
Voy de camino a Barcelona, en el autobús. El compromiso que me ha impedido ir al colegio a recoger las notas finales y ver a mis compañeros ha sido la presentación de un curso de periodismo que haré la próxima semana. Lo organiza la Universitat Pompeu Fabra y me servirá para saber si debería plantearme estudiar Periodismo.
P insiste: haz primero Periodismo, y, una vez estés en el mundo laboral, tendrás tiempo de hacer Estudios Literarios o lo que te venga en gana. Mis padres no comentan nada, todo les parece bien. No obstante, sé que se sienten con el agua en el cuello cuando les hablo de estudiar algo que no tiene demasiadas salidas laborales. Puesto que son ellos quienes ponen el dinero, no podré decidirme sin que ellos me hayan dado su consentimiento. Y, aunque no dependiera de ellos, también les pediría. No se trata de complacencia, sino de asegurarles que la inversión que hicieron al darme unos estudios dará resultado.

Salgo de fiesta a una discoteca de la que toda mi generación se pasa el día hablando. En efecto, toda mi generación hace cola para entrar en ella a partir de las doce. Religiosamente. Antes de entrar, vamos a un bar cercano y pedimos algo de beber. En mi caso ―que no tolero porquerías demasiado exóticas― pido un vodka negro con lima. No me sube a la cabeza; de hecho, en toda la noche, no llega a subírseme nada.
Las chicas con las que voy entran gratis, pero yo, al ser un chico, tendré que pagar doce euros. Nadie vería la lógica a alguna cosa así, pero se entiende que, en el mundo de la noche, todo es más absurdo. Incluso los que normalmente son unos racionalistas de pies a cabeza acatan la consigna: tías, gratis hasta la una; tíos, doce euros. Eso sí: incluye una consumición. Cuando estoy dentro, aprovecho para pedir un licor 43 con lima (la lima me ayuda a olvidar el mal sabor del alcohol) y trato de recordar cómo se bailaba. Hay desconocidas que me tocan el cabello y la espalda en la cola y, en la realidad, protestaría, pero todo el público parece tan salvaje que me lo tomo como si un animal del circo me hubiera arañado.
La noche termina a las tres y media. Carla, una de las chicas con las que voy, y yo damos un paseo por el alrededor (un polígono industrial) antes de que su hermano mayor pase a recogernos. Llego a casa a las cuatro. Me tumbo en la cama a y media. Despierto instintivamente a las siete y media y miro hacia mi despertador: lo había puesto a pasadas las nueve, pero da igual; nunca consigo volverme a dormir una vez me he despertado.
En realidad, la enumeración de todas estas cosas sin importancia las hago al día siguiente. Tengo ganas de ponerme a trabajar y olvidar el pitido de mis orejas, que desde que salí de la discoteca no ha parado.

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