(Diario de adolescencia) 26 de abril de 2017



Casi tres horas despierto. Lo último que debería hacer alguien que no puede dormir es concentrarse en dormir. Al principio, sentía demasiado frío en los pies. Me he puesto los calcetines. Las sábanas me molestaban. Las mantas me apretaban. El colchón era más estrecho de lo que es a la luz del día. La almohada ardía. Me he sacado los calcetines. Beber, mear. Cerrar la puerta, abrirla. Beber, mear. «Estoy harto de pensar, quiero dormir.», pero decírselo a uno mismo no sirve de nada. Dudar de todo lo que ahora tengo. «Fíjate en los demás: han sobrevivido a situaciones mucho más miserables de lo que nunca serás capaz de imaginar.» Oigo una tos desde la otra punta de la casa y simpatizo con mamá. Abro esta libreta con la confianza de que cerrarla, dentro de unos segundos, vaya a servirme para verlo todo negro.
Los días lluviosos suelen ser de una paz inigualable. En el autobús, hay silencio y no tengo la necesidad de ponerme los auriculares. Leo en silencio. Ahora, me siento más satisfecho que nunca y es una cuestión más de estado de ánimo que de los cambios de la realidad que me rodea. Al acercarse a otros coches, me da la sensación que el autobús es capaz de comérselos.
Camino por Ronda Universitat. Un chico, tan joven como yo, va en dirección contraria a la mía y, segundos antes de que topemos, se hace a un lado. Al fumar, frunce el ceño. Hay algo de gran atractivo en el fumar que tiene relación con el cine y la publicidad —aquello que nuestros ojos, por costumbre, relacionan con propio de una persona atractiva, quiero decir. Sin embargo, me parece que este atractivo en el fumar solo está en los jóvenes. Uno crece y sigue fumando. Acaba convirtiéndose en un señor que haría que cualquiera dejase de fumar con solo verlo. El mismo joven que hoy fruncía el ceño será el señor fumador dentro de unos años.
Tanta gente se tiñe el pelo de colores alucinantes... Andar por las ciudades, ahora, se ha vuelto como cruzar un campo de algodones de azúcar, como vivir en un mundo de sueños. Las grandes ciudades tienen mucho de mundo de los sueños.
Creo haber visto a una actriz de Albert Serra en Plaça Universitat. ¿Cómo le debe ir a Albert Serra? Mi obsesión con él se ha reducido bastante desde que lo saludé en persona. Lo había visto varias veces, pero no fue hasta la tercera o cuarta que me atreví a decirle algo. En una de las anteriores, la presentación de La singularitat en La Virreina, me lo quedé mirando a medio metro de él, sorprendido porque no notase que mis ojos estaban clavados en su cara, en cada uno de sus gestos.

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