(Diario de adolescencia) 25 de marzo de 2016



Viernes Santo, es decir, día de salida del viaje. Aunque este esclarecimiento no siempre es válido: es cierto que, hace dos años, por estas fechas, salí con mis padres hacia la Provenza, pero, el año pasado, el empeoramiento del estado de salud del abuelo impidió cualquier salida como esa. Parece ser que, en la familia, al haber habido tan pocos enfermos, ha surgido un temor grandísimo a emprender proyectos cuando alguien está indispuesto. En este caso, mi padre anuló toda previsión de salida que se hubiese hecho y nos encerramos con doble vuelta en Mataró.
Ahora, finalmente, podemos retomar esta tradición del viaje de Semana Santa que, de hecho, solo tiene un año de historia. Hemos vuelto a encaminarnos hacia el sur de Francia, aunque esta vez hemos ido a parar un poco más lejos: Cannes. No será un viaje de visitas a museos y paisajes bonitos; más bien será un viaje en que mis padres y yo nos embobaremos caminando por los paseos marítimos y comentando los Ferrari que veamos. Es, en definitiva, otra forma de entender el turismo; menos sofisticada que a la que me tiene acostumbrado mi padre ―lo debo admitir.

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