(Diario de adolescencia) 25 de junio de 2017



Cojo el tren en dirección a Barcelona a las ocho. Iré con la peña del colegio jesuita, los putti, a pasar el día en el Tibidabo; celebramos el cumpleaños de Miguel. Cuando el tren está saliendo de la estación, empieza a llover y las primeras gotas caen sobre el cristal como brechitas que se abriesen en el cuerpo de Cristo. Visto todo de negro y llevo una mochila fea y cómoda. La costa del Maresme: tristeza.
Cuando hace diez minutos que he salido de Mataró, recibo un mensaje de Ariadna en que dice que no podrá ir al Tibidabo. Había quedado con ella para subir hasta la montaña, donde nos encontraríamos con los demás. No sé qué hacer. Decido no bajar del tren y ver qué pasa cuando llegue a Barcelona.
Llego a Barcelona y envío un mensaje a los demás putti diciendo que no podré ir porque no me atrevo a subir solo. Deciden cancelar la excursión. Noto la crispación de Helena y Laia. Miguel propone que vayamos a comer todos juntos para, al menos, vernos. Llueve intensamente. Vuelvo a Mataró en tren y me dejo el paraguas en el vagón.
En casa, leo hasta la una de la tarde. Entonces, vuelvo a salir hacia Barcelona —esta vez en autobús. Día vacío, día de trayectos; solo son trayectos, no llevan a ningún sitio. Podría enviarlo todo a la mierda y quedarme en Mataró, pero, si quiero conservar estos amigos, tengo que disculparme. En otras circunstancias, lo enviaría todo a la mierda. Tengo demasiado tiempo como para no ser delicado con quienes amo.

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