(Diario de adolescencia) 25 de junio de 2016



Hoy cierro un período de duda. Llevo meses preguntándome por mi propio estilo literario, como si fuera algo que debiera encontrar estrictamente antes de echarme a la aventura de la escritura y no un resultado de la práctica constante. Había dejado que cierta creencia en la creación poética (escribe poco pero bien, di lo máximo con el mínimo de palabras…) me embotase la cabeza. Sí, durante este tiempo he temido enfrentarme al papel; un miedo al que se sumaba el de no poder superar algunas de las voces de la literatura de todos los tiempos.
Leyendo la última novela que se ha publicado de Karl Ove Knausgård, siento que cobro una nueva determinación, la misma que me empujó el verano pasado a un experimento como el de Los paseos por la frontera. A esta nueva esperanza se le tiene que añadir otra causa: este mediodía, revisando emails antiguos, he descubierto que nunca había enviado Los paseos a ninguna editorial; en realidad, la novela que envié a varias editoriales el verano pasado y que fue rechazada era Belleza tangerina. Eso me da un extraño soplo de motivación, puesto que creía que había sido la primera la que había sido rechazada y la entendía como un fracaso más en mi producción. He aprovechado para enviarla a las mismas editoriales a las que envié Belleza, más con la arbitrariedad con la que alguien tiraría unos dados que con ilusión de que sea publicada.
¿Por qué el escritor noruego me ha llevado a esta nueva seguridad en mí mismo? Su proyecto literario es un ejemplo a seguir para todos los que pretendamos dedicarnos a la literatura del yo. Demuestra que la autobiografía aún es un camino posible, que la gente sigue interesándose por las vidas y pensamientos ajenos pese a que vivamos en un mundo dominado por el exhibicionismo de las redes sociales. A día de hoy, no sabría decir si podría dedicarme a una literatura que bebiera de mi propia imaginación en lugar de mi experiencia vivida; estoy convencido de que, en el pasado, cuando empecé a escribir, eso fue posible, pero algunos mecanismos han cambiado en mi interior. He desechado la imaginación durante demasiado tiempo como para que ahora pueda alcanzar con ella las mismas cotas de fantasía que cuando tenía doce o trece años.
Otra cuestión es la de la lengua literaria. Este diario es la clara muestra de mis vacilaciones: un día me dio por probar de escribir en catalán y no me pareció que lo hiciera con menor fluidez que en castellano. (Los pasajes en catalán, después, los traduje al castellano.) De hecho, me gustó tanto el resultado —sobre todo por su espontaneidad— que me decidí a seguir escribiendo en catalán. Cursar la asignatura de Literatura Catalana este último año aún me ha hecho pensar en el catalán como lengua literaria con mayor razón. Y, por si faltara poco, planeo iniciar mis estudios de Filología Catalana en unos meses, por lo que a algunos les parecería absurdo que siguiera escribiendo en castellano. Y he escrito en cursiva ese algunos para remarcar la estrechez de miras de alguien que no vea posible la compatibilidad entre el catalán y el castellano.
Al escribir en catalán, se me plantea un nuevo problema: me he formado como lector y escritor en castellano, por lo que, al meditar acerca de algo que voy a escribir, automáticamente cambio mi voz interior al español. ¿Podría sustituirla por el catalán? Podría intentarlo, al menos, pero no por ello dejaría de contar con otra pega: mi falta de bagaje léxico en catalán en comparación con el castellano. Hay expresiones tanto catalanas como castellanas que resultan intraducibles: cuando, escribiendo, se me ocurre añadirlas a un texto que está en la otra lengua, entro en una rotonda engañosa. Tardo bastante en salir de ella.
Si bien empecé a escribir en castellano, ahora intentaré buscar un equilibrio entre el uso del castellano y el catalán como lenguas literarias. El primero, por supuesto, ya tiene una primacía cuantitativa en mis obras; no creo que ese desbalance se solucione con el tiempo, aunque me parece más justo respetar el catalán para, así, respetarme a mí mismo y la libertad con la que debería actuar. Menos gente me va a leer en un idioma que en el otro, pero eso me vale como argumento de peso en contra del uso del catalán: a favor de este, diría que me permite desplegar mis alas de un modo distinto que cuando escribo en castellano; me permite volar no a otras alturas, sino que de otro modo, quizá más grácil, quizá más natural.

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