(Diario de adolescencia) 25 de agosto de 2016



Mi madre trajo dos bolsas de plástico a la cocina: en una, cinco o seis nectarinas bailaban entre las veladuras blancas del plástico, mientras que, en la otra, una cantidad similar de melocotones practicaba la misma danza. Las sujetaba en el aire como si un aura celestial las envolviese e incluso las hiciera levitar.
Al parecer, habían abierto una nueva frutería muy cerca de casa, en Caminet de les Vinyes, de manera que tendría que hacer un menor esfuerzo cada vez que se me antojara un atracón de fruta y no me importara andar un poco.
La fruta, y en ocasiones la verdura hervida, me gustaba tanto porque me llevaba de vuelta al huerto de mi abuelo en Dosrius (que llamábamos la feixa), y este, por extensión, me evocaba la finca en medio del bosque que teníamos allí y a la que ya no íbamos con tanta frecuencia como antes porque mi padre había perdido la ilusión motora que le hacía conducirnos en coche hasta allí cuando era niño.

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